miércoles, 5 de abril de 2017

CUENTO



   LA PERRITA LUNA
   
Luna era una perrita encantadora: inteligente, obediente y muy simpática, pero también un poco traviesa, atrevida y curiosona. No le gustaba salir atada y mucho menos con bozal. Su dueña le llevaba de paseo por el campo, le quitaba las ataduras y ella correteaba a sus anchas husmeando todo lo que estaba a su alrededor. Un buen día Luna, corriendo detrás de un pajarito se fue más lejos que de costumbre y su dueña la perdió de vista. Pero Luna no estaba perdida, ella buscaba a cualquier animalito para jugar con él y hoy que estaba sola, tenía muchas posibilidades de entablar conversación con cualquiera.

   De pronto apareció un pequeño insecto que se entretenía dando vueltas a una bola de estiércol, que le doblaba el tamaño. Luna se le quedó mirando embobada viendo como trabajaba aquel dichoso bichejo. De pronto el animalillo se quedó parado y dijo:

   –¿Qué miras, no ves que estoy trabajando?   

   –Eso veo, pero… ¿para qué?

   –Es la comida de mi familia.

   ¡Ah! vaya comida más rara.  

   El animalillo le dijo a la perrita: –¡No te acerques mucho, si me das la vuelta me quitas el nombre!

   –Y cómo te llamas, si puede saberse –dijo Luna.

   –Me llamo Escarabajo.

   –¡Uy!, que nombre más feo. ¿Y quién te lo puso?

   –No lo sé, así se llaman mis padres, mis hermanos y mis abuelos, todos nos llamamos igual.

   –¡Pues vaya raros que sois!, yo me llamo Luna, me lo puso mi dueña, dice que así se llamaba mi mamá.

   –¡Anda, pues tu dueña tampoco se rompió la cabeza pensando el nombre!

   –Ya, pero el mío es bien bonito y el tuyo no.            

   –¿Y cómo se llama tu familia?

   –Nosotros somos perros, y a cada uno nos ponen un nombre.

   ¡Ah!, pero si todos sois perros, es como nosotros que todos somos escarabajos. ¡Mira por ahí viene la lagartija! ¿Cómo se llamará ella? Oye lagartija, ¿tú tienes nombre?

   –Pues claro, yo me llamo Clara –dijo la lagartija y se marchó corriendo, dejando a Luna y al escarabajo con la palabra en la boca.

   –Mira por ahí viene la lombriz, ¿oye lombriz, tú tienes nombre? –dijo la perrita.

   ¡Vaya pregunta más tonta!, todo el mundo tiene su nombre. ¿Sabes?, me lo acabas de llamar; me voy que tengo mucha prisa –dijo la lombriz.             

   De pronto apareció el topo, que como es ciego, y no ve nada ni a nadie, se pregunta en voz alta:

   –Dónde estará la lombriz, dónde se habrá metido, ¡ya me he quedado sin comida otra vez!

   –¿De que lombriz hablas? –preguntó el escarabajo.

   –¡A ti que te importa! –contestó el topo.

   –Vaya si es mal educado el topo –dijo la perrita.          

   –Si hubiera sido tu comida no dirías lo mismo –dijo el topo.

   –Claro, seguro que el topo tiene hambre, pero no le hemos preguntado su nombre –dijo el escarabajo.   

   –Con bichos tan poco educados es mejor no hablar –dijo Luna.

   –¿A quién llamas mal educado, perro?, eso lo serás tú –dijo el topo enfadado, sacando la cabeza de su madriguera.         

   –Mira topo, yo no soy perro, soy una perrita, y mucho más educada que tú –dijo Luna.     

   –No te enfades topo, solo queríamos saber si tienes nombre y como te llamas –dijo el escarabajo.

   Hacéis unas preguntas muy raras, ¡como no voy a tener nombre!, yo soy el topo Poto, porque así me pusieron mis padres, y si no queréis nada más, me voy –dijo el topo y se fue tranquilamente a su casa.

   –¡Mira que mariposa más bonita, escarabajo! –dijo la perrita.

   –Oye graciosa, a mi no me llames escarabajo –dijo la mariposa, que no había visto al citado bichejo– yo soy mucho más elegante y bonita que él.

   –Oye guapa, en este mundo, cada uno es como es, y no presumas tanto por si acaso –dijo el escarabajo.

   –Sí –dijo Luna–, cada uno es como es y todos debemos respetarnos. Ya es hora de que nos vayamos, mi dueña me llama para ir a casa. Hasta otro día escarabajo, espero encontrarte para hablar contigo otro rato.    
   –Adiós Luna, espero verte: y ya sabes, cuando veas a uno de nosotros, no le des la vuelta, le quitarás el nombre y seguramente la vida.

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