HISTORIAS DE MARIA

  HISTORIAS DE MARÍA 

Desde la pequeña alcoba, oia trastear a su madre en la cocina. Su padre estaba preparando trigo para ir a sembrar el día siguiente. -Tenemos que madrugar ahora está la tierra justo en las mejores condiciones -decía su padre. Era de noche, debían ser las nueve más o menos y María no tenía sueño. La alcoba no tenía ventana, pero la puerta daba al pasillo y frente a ella había un pequeño ventanuco por el cual entraba un poco de luz. En la calle la luna llena lucía en todo su esplendor. María tenía dos hermanas, eran bastante más mayores que ella. No tenían hermanos y eran ellas quienes ayudaban a su padre en el campo y en todas las faenas agrícolas y ganaderas. Su madre se quedaba en casa y aunque andaba un poco pachucha, le cuidaba a ella y hacía las cosas de la casa. No obstante cuando tenian que lavar la ropa, también iban sus hermanas, ya que había que lavarlo en casa. El agua del río era muy dura y solo servia para aclarar la ropa y para que bebieran los animales. María había nacido a mediados de los años 40. Ella no pasó las penurias de la guerra, ni las dificultades de la posguerra, no conoció lo que era la cartilla de racionamiento y que tantas veces le oía comentar a su madre. Tampoco vio poner los postes de madera del alumbrado eléctrico, ni hacer la carretera. Era muy pequeña y las dos cosas le pasaron desapercibidas. Tanto la luz, como la carretera se inauguraron a principios de los años 50 y fue un gran acontecimiento para el pueblo.Los padres de María eran labradores, y tenían algunas pequeñas fincas, Las fincas se median por fanegas y celemines y se sembraban en su mayor parte de cereales. Para sembrar los cereales había que preparar la tierra. 

Primero se araba con el arado llamado de reja, este era arrastrado por caballerias y con él se removia y se daba vuelta a la tierra ahuecándola para que le entrara el sol, el aire y la lluvia.   Esta labor se hacía a finales de otoño, ya preparadas las fincas se sembraba la mitad de ellas. La semilla era echada en la tierra a mano (o voleo) desde unas alforjas o sacos que el sembrador llevaba a la espalda. La otra mitad se dejaban sin sembrar o barbecho, o se alternaba sembrando en ellas patatas, remolachas, berzas etc. Cuando los días eran más cortos se llevaba la comida al campo, sobre todo si las fincas estaban lejos. En estos pueblos en los que solo había agua dura, tenían un sistema para tener agua blanda en sus casas. En todas ellas había una habitación en la planta baja, llamada tinajero, en la cual tenían tinajas y uralitas. En las casas más grandes también había dépositos hechos con cemento. Las tinajas eran unos recipientes grandes hechos con barro cocido y tanto estas como los depósitos, se llenaban con agua de lluvia, la cual se usaba para hacer las comidas y lavar la ropa. Las uralitas eran otros recipientes aún más grandes que las tinajas hechas de Uralita (de ahi su nombre) con un grifo en la parte baja, estas se llenaban con agua de nieve, y se guardaba para beber. Para llenar estos recipientes, cuando llovia, se cogia el agua que caía de los tejados a los canalones, de aquí a las tuberias (que llamaban limas) y que bajaban por las paredes de la casa. Dichas tuberias o limas se llevaban al tinajero hasta las tinajas, uralitas y depósitos. Aqui lavar la ropa era una auténtica odisea: primero se calentaba agua blanda en un balde. En el agua caliente se ponía la ropa en remojo y luego con un trozo de jabón se iba lavando prenda a prenda en el "entremijo".

El "entremijo" o expremijo era una especie de mesa algo inclinada, con un agujero en la parte más baja de la tabla, para que fuera cayendo el agua de la ropa que se estaba lavando, luego se llevaba a aclarar al río. La ropa blanca se ponia al agua y al sol para que se blanqueara. Para esto se tendia en una huerta al lado del río durante unas horas, regándolo cada poco tiempo. Luego se volvia a aclarar y se llevaba a casa. Después de seca se planchaba y se guardaba. La ropa quedaba muy limpia pero daba mucho trabajo. Mas tarde llegaron la lejia, los jabones en polvo y en escamas, con ellos lavar era un poco más facil, pero no se libraban de ir al río, teniendo que bajar y subir cargadas una gran cuesta. La cuesta del Pontón o Puntón (como la llamaban en el pueblo) y que muchas veces estaba llena de barro. No hacía muchos años se hervia la ropa en grandes calderas de cobre y se hacían el jabón y la lejia en casa.
Para planchar se usaban unas planchas de hierro, que se abrian por la parte de arriba con una manecilla. En ellas se metian las brasas de leña o carbón con las cuales se calentaban. Con la llegada de la luz, ya se usaron planchas eléctricas, con ellas era mucho más cómodo planchar y quedaba mejor la ropa.
En tiempo de sequia se juntaban varios vecinos y marchaban con un carro de mulas, lleno de garrafas y garrafones a buscar agua a otros pueblos, a varios kilómetros de distancia.
Lo mismo que se juntaban para ir a por agua, hacian para comprar el vino, sólo que aqui llevaban también, pellejos y botas de vino. Algunos llegaban al pueblo  ’cargaditos’ y con las botas de vino vacias.
En una ocasión, al volver al pueblo con el carro cargado de pellejos y garrafones llenos de vino, las mulas que no habían bebido agua en todo el día (sus amos habían bebido demasiado vino) al pasar por la fuente se fueron directamente a ella. Al coger una curva el carro volcó, se rompieron algunos garrafones, estos agujerearon los pellejos y el vino se escapaba sin remedio. -¡Bebed, bebed, que no se pierda todo! -decía uno de los que llevaba el carro. ¡Como si no tuvieran suficiente!
Menos mal que consiguieron llegar pronto a casa. La anécdota fue celebrada durante años.
El pueblo era muy pequeño. No había más de cincuenta casas, pero tenía su ayuntamiento, con el alcalde, secretario, juez de paz, concejales y alguacil. Llegaba el barbero una vez a la semana a afeitar y cortar el pelo a los hombres. Por entonces no existian las maquinillas eléctricas y el afeitado se hacía a navaja cada semana en la casa de un vecino. Para este menester usaban un sillón especial que se trasladaba de una casa a otra. Las mujeres iban a las peluquerias de otros pueblos más grandes. También llegaba de vez en cuando el ’cacharrero’ que vendía platos, cazuelas, cubiertos y otros utensilios de cocina y para la casa. El zapatero llegaba a buscar los zapatos para arreglar y luego los devolvia ya arreglados. Y una o dos veces al año llegaban el capador de cerdos, el afilador, los esquiladores de mulos y otros que arreglaban pequeños cacharros y otros aperos de labranza. A pesar de que había pocos vecinos, tenían buena venta y marchaban contentos.
La pareja de la guardia civil solía llegar una vez al mes. María había oido decir a su madre, que se llevaban a las personas malas. La verdad es que nunca se llevaron a nadie del pueblo, pero a María le daban un poco de miedo. Una vez le preguntaron si quería ir con ellos, ella comenzó a llorar y le dijeron: <No te preocupes bonita, que no queremos alhajas con dientes>. Ella no sabía lo que aquello significaba, pero su madre se echó a reir. Y aunque era una niña buena... ¡nunca se sabía! Por eso cuando les veía procuraba mantenerse cerca de su casa.
-Estamos yendo a menos, -decía la madre de María -hace pocos años había tres tabernas y practicante.
-Han dicho que el secretario está bastante mal -dijo la hermana de María.
-Algún día tenía que llegar, ya es mayor -dijo su madre.
-Pues como se muera ya veremos a quien nos traen -dijo su padre.
-Ya sabes, a rey muerto rey puesto-, volvió a decir su madre.
-No faltará quien esté deseando venir -comentó su otra hermana.
 El secretario murió poco después y mandaron a otro de fuera, que llegaba una vez a la semana.
El pueblo mermaba y esto asustaba a los vecinos, pero lo que más temian eran los incendios. Las casas eran de piedra y muchas de ellas eran ya viejas y tenían el tejado y las vigas de madera. El hogar en la cocina, estaba casi siempre encendido, las cuadras de los animales estaban en las mismas casas, así como la paja para darles de comer a diario, y el grano que se cogia (que no era mucho) lo guardaban en trojes, en el alto o desván. En caso de incendio era muy facil que se extendiera y como el agua estaba lejos, era dificil de apagar. Si a alguien le tocaba le suponía la ruina.
María había conocido dos incendios. Para avisar a la gente, sobre todo para los que pudieran estar en el campo, tocaban las campanas. Este sonido lo llamaban ’tocar a rebato’ y no era como ninguno de los que María había escuchado otras veces. Por eso cuando había un incendio, el pueblo entero dejaba lo que estuviera haciendo y se volcaba en apagarlo, ayudando en lo que fuera necesario. Gracias a Dios no hubo desgracias en personas o animales, aunque si se quemó la paja, que tenían para los animales y las cuadras. Cuando se hablaba de ello todos decían ¡Dios quiera que no vuelva a pasar!
En el pueblo había dos fuentes que se distanciaban unos doscientos metros la una de la otra, y cerca de las dos pasaba el rio. Para llevar el agua desde la fuente, tenían en todas las casas unos calderos de cinc y un aro grande de madera. Este se ponía sobre los calderos y metiéndose dentro de él, se cogian los calderos por las asas, asi se llevaban mejor y pesaban menos.
El camino para llegar a dichas fuentes era un auténtico desastre, sobre todo cuando llovía o nevaba, se convertía en un inmenso lodazal. A pesar de que cada poco tiempo, el alcalde llamaba a los vecinos y se hacían veredas para arreglarlo. Las veredas se llamaban a los trabajos que se hacían para el pueblo, ya fuera arreglando caminos, limpiando el río, etc. Dependiendo de la gente que se necesitara para hacer el trabajo, iba una o más personas de cada casa, siempre hombres. Si no podía ir una persona dejaban una mula, un carro o cualquier otra herramienta que hiciera falta.
Como el pueblo estaba muy alto (876) metros, en invierno caían grandes nevadas, helaba mucho, no se quitaba la nieve en varios dias y hacía mucho frío. También había días que soplaba un fortísimo viento y casi todos los inviernos tiraba algún poste de la luz y había que pasar más de una noche con velas.
Los días que no se podía ir a trabajar al campo, los hombres se reunian en la pequeña taberna, a charlar o jugar a las cartas. Las mujeres se juntaban en casa de cualquier vecina a coser o hacer punto.
A veces también jugaban una partidita, sobre todo los domingos, que el cura decía que era pecado trabajar. 
El señor cura era un hombre muy campechano, atendía a tres pequeños pueblos, en uno de los cuales vivía. En este (que distaba unos cinco kilómetros del pueblo de María por un camino campo a través) decía misa cada domingo, a los otros dos, les tocaba cada quince días, o sea cada dos domingos o días de fiesta, a no ser que fuera Navidad o Semana Santa. Cuando hacía mal tiempo le iban a buscar con una mula. Asi estubo unos cuantos años. Después compró un coche y ya llegaba por la carretera. De esta forma, aunque el trayecto era más largo, no tenía la necesidad de que le fueran a buscar.
En verano llegaba muy temprano a decir misa, antes de que la gente, se fuera a trabajar al campo. Cuando ya era mayor, le encontraron muerto en su gloría. (Nunca mejor dicho)
Las mañanas de los domingos, con el buen tiempo, después de la misa, los mozos jugaban a la pelota en la pared de la iglesia, los hombres iban a la taberna hasta la hora de comer, las mujeres iban a coger la vez para cocer el pan y después se iban a casa a hacer la comida. La comida por los años 50 no era demasiado abundante, pero si era sana. Las fincas se abonaban con el estiercol de las cuadras y corrales, y la comida de los animales era absolutamente natural, por lo que, tanto los productos vegetales como los animales, eran totalmente ecológicos como ahora se les llama. La mayoría de los días, se comia cocido de legumbres: alubias, garbanzos o lentejas, con patata, arroz o verdura. Si había chorizo, morcilla o tocino, todo estaba más sabroso. Se cocia en un puchero de barro a la lumbre del hogar, y tenía que estar hirviendo más de una hora. Si tenia carne de oveja, cerdo o vacuno, aún tenía que estar más tiempo cociendo. Los domingos y días de fiesta se distinguian haciendo una paella, patatas o sopa de fideo, con conejo o pollo. De segundo plato, el resto del conejo o pollo. Además de la misa y el rosario, cambiar de comida era la mejor forma de celebrar y santificar las fiestas. ¡Como mandan los Santos Mandamientos!
El comedor en casa de María, se utilizaba cuando había invitados y en los días de las fiestas de Gracias, entonces se sacaban a la mesa los mejores platos, vasos y cubiertos. También lo usaban algunos días de verano ya que era la habitación más fresca. Los demás días se comia en la gloria o en la misma cocina.
Sacar la comida del puchero a una fuente o sopera se llamaba ’escudillar’ y se solía hacer un rato antes de comer para que se fuera enfriando. La comida se servia a la mesa, en la misma fuente o sopera y con una cuchara cada comensal, iba comiendo de ella, hasta que se acabara. Luego se echaba en la misma fuente lo que hubiera de segundo plato y nuevamente, con un tenedor cada cual, cogia sus tajadas. Naturalmente no podían faltar, el buen pan de la hogaza y el vino del porrón.
Para coger la vez el (día y la hora) en el que poder cocer el pan en el horno comunitario, tenían que ir a la casa de la última vecina que habia cocido la semana anterior, ya que era ella, quien tenia la llave del horno y la levadura, que se iban pasando de unas a otras. El horno era una especie de pequeña casita con una ventana. En su interior estaba el horno propiamente dicho, el cual tenía una gran boca, por la que se metia la ’hornija’ o paja para calentarlo.
Tenía también un mostrador donde se dejaban las gamellas con la masa lista para ser cocida. Ya caliente el horno, se hacia una ’escoba’ con hojas de plantas atadas a un largo y grueso palo, que llamaban holgadero. Con aquella escoba se quitaban las cenizas y se metia la masa con unas largas palas de madera. Al cabo de un tiempo ya se podian sacar unas estupendas hogazas, de un blanco y riquísimo pan. El siguiente domingo vuelta a empezar.
-El jueves nos ha tocado cocer, así que ya tenemos tarea -dijo la madre de María.
Se empezaba poniendo un puchero con agua y sal a la lumbre. Con el agua en la artesa se hechaba la harina con la levadura y se amasaba hasta que estaba en su punto. Luego envuelto en las maseras se tapaba bien y se dejaba ’dormir’ unas horas hasta que la masa pujaba, era entonces cuando se pasaba a las gamellas y se llevaba al horno.
Las tortas de chicharrones no las mejoraba, ni el mejor panadero del mundo ¡Que a gusto se comia esos días con el pan tan bueno! A veces a la vez de cocer el pan, también se asaba algún conejo, otras (las menos) se podía llevar cordero, cochinillo o besugo, entonces el placer era máximo.
Era tiempo de matanzas. Los vecinos afilaban los cuchillos y preparaban la ’banca’ o banco en el cual se sacrificaría al cerdo !Que divertidos eran los días de la matanza! Se juntaba la familia para ayudar y se hacía una fiesta que sobre todo a los niños les encantaba. Lo peor era oir al pobre cochino, que gruñía desesperadamente. Lo llevaban entre dos o más hombres y lo ponian sobre la banca. Mientras el matarife sacrificaba al cerdo, una mujer recogia la sangre removiéndolo para que no se cuajara. Después de muerto el cerdo, se chamuscaba con paja, para quitarle el pelo y limpiarlo bien raspándolo con un cuchillo. El rabo estaba tostadito y se lo daban a los chiquillos que lo esperaban como agua de mayo. Luego se abria y se destazaba. Se cocía el ’menudo’ (hígado, cuajo, etc) y ese día ya estaba preparada la comida. Se lavaba bien el vientre, se cocía el arroz y mezclado con la sangre, cebolla, pimienta y manteca se llenaban las tripas y se hacían las morcillas, que se cocían en un balde hasta que estuvieran hechas.
¡Que buenas estaban las morcillas! ¡Que rico estaba todo! Después se picaba la carne, con una máquina y se hacían los chorizos, que se colgaban en unos palos en la chimenea de la cocina, para curarlos al humo. Se ponían los jamones en sal y al cabo de unos días, se colgaban en la chimenea junto a los chorizos. Así se conservaba la carne y había un buen alimento para cuando llegara el verano y tuvieran que segar y hacer todo el duro trabajo de la recogida de la cosecha. En los cumpleaños también se juntaban a merendar. A los niños les daban chocolate y bizcochos, luego los mayores jugaban a las cartas. ¡Menudas peleas tenían!
-¡Esa carta no tenías que haber tirado -decia uno.
-¡Es que no tengo brisca! -contestaba el otro.
-¡Esta partida os hemos dado una buena paliza!
-¡Pues esta otra, no vais a hacer ni dos juegos! Y así, discutiendo amigablemente se pasaba la tarde.
En algunas casas tenían la radio en la gloria, y cuando daban la lotería de Navidad se llenaba de gente esperando a la diosa Fortuna.
La gloria era una habitación con el suelo de baldosa, hueco por debajo. Estaba al lado del portal, por el cual, hacian la boca para calentarla, metiendo paja o leña, que al quemarse se calentaba la gloria entera. ¡Que bien se estaba en ella, cuando hacia tanto frío! ¡El suelo estaba tan calentito!
En algunas casas más grandes, también tenían la cocina económica al lado o dentro de la gloria, lo que facilitaba mucho la tarea de hacer la comida.
María estaba encantada de vivir junto a la escuela: miraba a los niños cuando entraban todos formalitos en fila, cuando iban a jugar al recreo, o cuando salian atropelladamente para ir a comer a casa. Le gustaba oir cantar a los niños, su madre le decía que estaban estudiando la tabla de multiplicar. A ella le gustaba: dos por dos cuatro, dos por tres seis... Pero todavia era pequeña. En casa le decian que no tenía edad para ir a clase. Un día que María y su madre estaban a la puerta de su casa, al salir la maestra de la escuela, se paró a hablar con ellas.
-Buenos días -saludó la maestra.
-Buenos días -contestó la madre de María.
La maestra miró a María y le preguntó  -¿Cuando vas a ir a la escuela?
-No sé, todavia no tengo edad para ir.
-¿Cuantos años tienes?
-Cinco.
-Pero entonces... ya te falta poco ¿Cuando cumples los seis?
-En abril
María era un poco tímida y hablaba sin mirar a la maestra. Nunca había hablado con ella, pero le parecía muy simpática.
-¿Te gustaría entrar mañana conmigo?
-Pues... no sé.
María le miraba a su madre como pidiendo su aprobación.
- Mañana te espero -dijo la maestra-, mejor por la tarde, para que no tengas que madrugar.
La maestra siguió hablando con su madre y al despedirse volvió a repetir.
-Mañana te espero.
-Gracias -dijo la madre de María.
¿Que te ha parecido la señorita? -preguntó su madre a María.
-Bien.
-¿Quieres ir a la escuela?
María no estaba muy segura, a veces oía a sus primos que les castigaba, si no sabian la lección.
-¿Y si me castiga?
-Por qué te va a castigar?
-Si no me sé la tabla...
-No te preocupes, ahora no tendrás que estudiarla.
María se quedó mas tranquila y dijo:
-Bien, pues mañana, esperamos aqui a la seño ¿vale?
 Y entraron en casa riendose. Así empezó su etapa escolar.
La casa estaba cerca de la iglesia, a María le gustaba oir el sonido de las campanas, sobre todo si tocaban a fiesta. Cuando alguien se moria, el sonido era mucho más triste. El día 1 de noviembre se celebraba la fiesta de Todos los Santos. En el pueblo se tenía costumbre, de tocar las campanas durante toda la noche, en memoria de los difuntos. Los mozos eran los encargados de subir a la torre cada cierto tiempo a tocar. Como tenían que pasar la noche en vela, hacían una buena cena en la taberna y para ellos era como un gran día de fiesta.
El cementerio estaba detrás de la iglesia. La madre de María decía, que antes fue el huerto de un vecino, que el ayuntamiento había comprado para dicho fin. Antiguamente a los difuntos se les enterraba dentro de la iglesia, en el suelo, bajo unas grandes losas de piedra. Un antiguo escrito decía: en 1712, se hace el osario fuera de la iglesia, con una cruz de piedra, que después se convirtiria en cementerio. La iglesia era un edificio grande, junto a ella estaba la torre, que ’lucia’ su veleta de gallo, un campanillo y dos enormes campanas, una de ellas tenía una pequeña rotura, por lo que su sonido era un poco especial. Las campanas eran una parte fundamental en este pueblo, estas suplian en buena parte la falta de relojes. Desde antiguo había un campanero que a diario las tocaba: al amanecer a maitines, a mediodía el ángelus y al atardecer el toque de oraciones. En las fiestas para tocar a misa volteaban las campanas. Era muy alegre y muy bonito.
La iglesia era el principal edificio del pueblo y todos se preocupaban de cuidarlo. A pesar de que hoy está en estado ruinoso, todavia se ve una fecha en su techo 1912. Según decían las personas mayores, fue el año en el que la iglesia fue sometida a una reparación.
Dentro de la iglesia, al fondo en su fachada principal estaba el retablo. En la parte de abajo del retablo, en el centro, estaba el Sagrario y, a derecha e izquierda el Niño Jesús de Praga y otras imágenes pequeñas. Sobre ellos, tambien en el centro, la Virgen del Valle, de la que todos se sentian muy orgullosos y por la cual sentian verdadera devoción. Le acompañaban la Inmaculada a su izquierda y San José a su derecha. Por último en la parte de arriba, Nuestra Señora de los Angeles y dos cuadros con algunas escenas de la Biblia. Fuera del retablo, a derecha e izquierda, en dos altarcitos pequeños, la Virgen del Rosario y la imagen de un Santo varón (que a María siempre le llamó la atención). En el pueblo siempre se dijo que era uno de los Mártires de Cardeña.
En el centro y también cerca del retablo, estaba el Altar Mayor. Desde este altar el sacerdote decía la misa (entonces en latín) y la gente contestaba igualmente en latín. Este altar era adornado con flores y velas encendidas durante la misa, lo mismo que los otros altares más pequeños. Los niños y niñas ocupaban unos bancos en la parte delantera y detrás las mujeres en sus reclinatorios. El púlpito y confesionario estaban a ambos lados, junto a los reclinatorios. Ya cerca de la salida, también a derecha e izquierda habia otros dos altares, a un lado Santa Bárbara y frente a ella San Antonio. Cerca del altar de San Antonio estaban las escaleras para subir al coro y los bancos  que ocupaban los hombres. Detrás de estos, la pila Bautismal y en la parte de arriba el coro. Ya cerca de la puerta estaba la pila del agua bendita.
Según algunos escritos, la iglesia fue construida entre los años 1663 y 1670, con el nombre de Santa María. Después de que el arzobispo Antonio Paíno, mandara derribar la anterior, debido a los continuos reparos a que venía siendo sometida. Otro antiguo escrito destaca: Ya en el siglo XV están establecidas en Castrillo, las cofradías de la Vera Cruz y el Rosario. Existen las ermitas de San Cristobal y de la Virgen del Valle "que está bajo la villa, en los prados junto a la fuente".
En el siglo XVIII Castrillo mejora en todos los sentidos. Tiene su buena iglesia, buena cruz y buen pendón de damasco. Sus ermitas de la Virgen del Valle y de San Cristobal, sus cofradias de La Cruz, del Rosario y de Nuestra Señora del Valle, con sus correspondientes fiestas. En los primeros años del siglo, se crea el Arca de la Misericordia para niños abandonados; se fundan capellanias y se cuidan las ermitas.
En 1729 fue traída a la iglesia, una rótula de los Mártires de Cardeña, por el canónigo de Burgos, don Juan Razola. Dicho acontecimiento, podria explicar que dichos Mártires, fueran los patronos de este pueblo. Aunque también pudiera ser, que dicha rótula la trajeran precisamente, porque los castrillanos ya disfrutasen del patronazgo de sus Mártires.
-Vamos aligera, que hay que ir a misa -dijo su madre a María
-Ya voy -decia María -no encuentro el velo.
-Eres una desordenada.
-Yo creo que lo dejé en mi cajón.
-Pues cuando lo encuentres vienes -acabó su madre.
Por aquellos años para entrar en la iglesia, era obligatorio que las mujeres y las niñas llevasen la cabeza tapada con un velo.
Era Navidad, no había nieve pero el frio era intenso. La gente caminaba por la calle con prisa para ir a la iglesia. El cura y los monaguillos salian de la sacristía y la misa ya empezaba. María entraba solemne, con su velo en la cabeza, miró a su madre y ésta le sonrio.
Después de acabar la misa besaban al Niño Jesús, que acababa de nacer, era lo que más le gustaba ¡Que bonito era el Niño Jesús en su cunita de paja! Que bonita la Navidad! Además tenían que venir los Reyes Magos y los niños los esperaban con impaciencia.
-Yo les he pedido unos guantes, que hace mucho frío -decía uno.
-Pues yo les he pedido un cuento -decía otro. Todos decían lo que habían pedido.
-Teneis que limpiar bien los zapatos -decian las madres, si no, no os traerán nada.
Y ese día, los zapatos estaban más relucientes que nunca. Luego los Reyes traían lo que podían, pero a todos se les olvidaba enseguida lo que habían pedido.
En el pueblo todos se conocían y la mayoría de una forma u otra eran familiares. Si alguna persona mayor se ponía enferma y no tenía familia, la cuidaban entre todos.
Cuando llegaba algún forastero, casi siempre paraba en la taberna. La taberna era una casa del ayuntamiento y se alquilaba, hacía de bar y de tienda. Se vendía un poco de cada cosa y a veces, en vez de pagar con dinero, se cambiaban las compras por otras cosas que se tenían en casa: trigo, cebada, huevos y algún pollo o conejo, aunque estos últimos, abundaban menos. Los  niños compraban cacahuetes, bolitas de anís, caramelos... y por una peseta se daban un pequeño festín. Cuando hacía frío, los niños y los mayores, se reunian los días de fiesta en una casa a jugar a las cartas, y para hacer más amena la tarde, entre todos compraban una gaseosa, galletas, aceitunas o alguna otra chuchería que no costara mucho dinero. Naturalmente los mayores estaban en una casa y los niños en otra.
También llegaban a vender fruta, pescado y carne, desde otros pueblos más grandes en los que había tiendas, pero cuando se necesitaba calzado o ropa, había que ir hasta allí a comprarlo. Se aprovechaba cuando se iba a las ferias o cualquier otro asunto importante. Se juntaban varios vecinos, porque la carretera no estaba en muy buenas condiciones y el trayecto, a cualquiera de las dos ciudades más cercanas a las que había que acudir, distaban 14 ó 17 kilómetros del pueblo. Cada uno llevaba su carro con sus mulas, y a la hora de comer, se iban todos juntos a uno de los mejores bares, y a pesar del trabajo, era como una pequeña fiesta.
En el pueblo de María los vecinos eran expertos, en el cuidado del ganado mular, cada uno tenía de cuatro a seis mulos o mulas. En casa de María tenían tres y un pequeño burro al que llamaban Vicente. Los mulos y mulas más pequeños y que aún no trabajaban eran reunidos en el sestil, un recinto sin techo, cerrado con una puerta de madera, y situado en el camino de la fuente vieja. Desde alli eran llevados a apacentar por un pastor o "muletero" durante el buen tiempo. La dula o conjunto de estos animales, era una de las más importantes del contorno.
Este pueblo tenía dos nombres: el que oficialmente tenía cada vecino en sus documentos, y el que popularmente y desde siempre, era conocido como Castrillo. No se sabe, si porque antiguamente hubo un castillo, fortaleza o castro. El gentilicio de sus habitantes es castrillanos, y que ellos llevan con mucho orgullo. Al ser conocido como Castrillo, mucha gente de fuera, no sabía su nombre real, y más de una vez se prestaba a equívocos. En cierta ocasión un señor de otro pueblo, que iba a comprar paja con su carro y su ganado, al llegar al indicador en el que ponía el nombre oficial del pueblo y no reconocerlo, siguió carretera adelante sin entrar. Después de recorrer varios kilómetros más, ya le pareció que algo no iba bien, y al pasar por otro pueblo, preguntó a alguien con quien se encontró en su camino.
<¿Pero donde está Castrillo? Me dijeron que estaba a catorce kilómetros del mio, y creo que ya llevo andados muchos más>.
<Ese pueblo lo has dejado atrás hace más de una hora>.
<Pues no lo he visto, en ninguno de los carteles ponía ese nombre>.
Al buen señor hubo que explicarle el juego de nombres, después de todo, seguro que ya no volvió a equivocarse.
Lo peor en este pueblo, era si alguien enfermaba. La ciudad en la que vivia el médico ( en la cual, también estaba la farmacia) distaba 17 Kilómetros y  en el pueblo no había ni coches ni teléfonos. Si había que avisar al médico, tenian que ir con una bicicleta o una mula hasta dicha ciudad y esperarle hasta que volviera. El médico sí tenía coche, y después de visitar al enfermo regresaba a su lugar de residencia. Una vez alli, entregaba la receta a la persona que le había ido a buscar, esta compraba la medicina, y regresaba al pueblo lo antes posible.
Esta vez la enferma fue la hermana de María. Sus padres estaban muy preocupados, y había que buscar al médico con urgencia. Era de noche y se prestó uno de sus primos, que montado sobre una mula podia tardar de dos a tres horas, en llegar hasta el lugar donde vivia el médico. Con el médico ya de vuelta y después de comprar en la botica, el primo de María puso rumbo a su pueblo.
Cerca ya del pueblo, al llegar junto a un arroyo, oyó que había gente. Le extrañó que a aquella hora (eran las dos de la madrugada) hubiera alguien por aquel lugar, y se quedó escuchando desde un poco más lejos para no ser descubierto. En aquel momento decía un hombre:
<Aquí está bien para desollar>.
El primo de María no veia a nadie, pero estaba seguro que eran ladrones. Y por lo que oia, estaba claro que habían robado las ovejas de algún corral. Con sigilo pasó por el camino y cuando llegó al pueblo, después de dejar la medicina, y ver que su prima no había empeorado, dió la voz de alarma. Sus sospechas eran ciertas, ya que las ovejas robadas, eran de otro tio suyo, e igualmente tio de María. En aquellos casos el pueblo reaccionaba y se juntaban "todos a una" pero ahora no quería despertar a todos los vecinos. Llamó a cuatro amigos suyos, cogieron cada uno una caballería, y con una escopeta de caza, se fueron en busca de los ladrones, que no era la primera vez que merodeaban por el pueblo y sabían muy bien donde estaba cada corral. Situados los amigos en lo alto de la loma, daban voces y disparaban como si estuviera todo un ejército. Al ser de noche y estar los ladrones en el valle, los tiros resonaban como si fuera una verdadera batalla. Los cacos asustados, corrian por todas partes, pero como estaba oscuro y no conocian bien el terreno, no tuvieron más remedio que entregarse. Fue una noche de lo más movida. Al final no pasó nada grave, pero pudo haberles costado caro, tanto a los unos como a los otros.
Aunque el pueblo trataba de defenderse de esta gente indeseable, de vez en cuando aparecian. Las yeguas y las mulas tenían que estar bien vigiladas, ya que alguna desapareció de su cuadra. Otra vez robaron un gallo que estaba por la calle, en esta ocasión si actuaron "todos a una" se armó una buena trifulca, cogieron a los ladrones, y estos tuvieron que dejar un burro en prenda (en su lugar). Aquellos no volvieron ni por descuido.
María después de la cena, se había acostado pronto, al día siguiente tenía clase. <Mañana es día de escuela> decía muy a menudo su madre. Como estaba despierta, oía hablar a su familia mientras cenaban en la cocina, ya que esta estaba junto a su alcoba.
La cocina era una pequeña habitación, con una gran chimenea, tenía dos bancos grandes de madera, uno a cada lado. Junto a la pared estaba el hogar, en el cual se hacía el fuego para cocer los alimentos y orear  la matanza. Cerca, comian en una mesa que había hecho su padre, y en el invierno junto al fuego, se estaba muy a gusto. Hablaban bajito y no entendia muy bien lo que decian, pero notaba algo raro en la conversación. De pronto oyó salir a su padre que decía:
-Voy a ver, que esto es algo muy grave. Al día siguiente supo, que un señor mayor que vivia con una de sus hijas, se había suicidado, colgándose de una viga en el corral de su casa.
María iba a la escuela muy contenta, la señorita les trataba muy bien, y les enseñaba muchas cosas. Un día a la semana, los niños tenían dibujo y las niñas costura. A María le gustaba mucho la clase de costura, sobre todo, hacer punto de cruz y bordar. También le gustaba mucho leer y escribir. En la escuela había unos libros muy bonitos, y hacían la lectura en ellos. Los niños, sólo tenían una enciclopedia, (un sólo libro en el cual estaban todas las asignaturas)
La escuela era un edificio grande de dos plantas. A la entrada estaba el buzón, en el que se dejaban las cartas para que se las llevara el cartero. Este era un señor de otro pueblo, que recorría unos cinco kilómetros a pie, un par de veces a la semana, por un camino bastante malo lo mismo en invierno que en verano. Arriba estaba el ayuntamiento, y abajo estudiaban los niños. Había una sola clase en la cual, estaban todos juntos, los niños y las niñas. La clase era bastante grande. Delante y colgados en la pared, había un crucifijo, y dos cuadros, eran las fotografias de Francisco Franco y de José Antonio Primo de Rivera, que eran o habían sido, los que por aquellos años gobernaban en España.
Debajo estaba la mesa de la maestra, cerca un armario con libros, dos mapas de España (el físico y el político) y el encerado, en el cual se escribía con tizas blancas de yeso. Había unos veinte pupitres y detrás de ellos, una mesa larga. Al final de la clase había un cuarto en el que se guardaba el serrín, para encender la estufa en invierno.
A más de uno le amenazaban con encerrarlo en el cuarto de los ratones (como le llamaban) si se portaba mal. Habia unos treinta niños y les tenían clasificados por  edades. Cuando cumplian catorce años se acababa la escuela obligatoría. Algunos niños asistian poco tiempo, porque tenían que ayudar en casa.
Como era una escuelita de pueblo, las maestras duraban poco. Cada año solía llegar una nueva, pero a todas se les acogia con cariño. Vivian en la casa de cualquier vecino siempre que la casa reuniera buenas condiciones. Al final estaban contentas.                                          
María tenía varias amigas, pero una de ellas era su mejor amiga. Cuando salían al recreo, aunque jugaban con todas, a ellas les gustaba estar juntas. Cuando salian de clase, iban a casa de María a hacer los deberes y a estudiar, a veces también compartían la merienda.
Aquella tarde al entrar en el comedor, vieron una radio encima de la cómoda. ¡Una radio! ¡Qué bien! -exclamó María alborozada.
Las dos amigas la miraban sin poder creer lo que veían.
-Vamos a preguntar a tu madre, a lo mejor no es vuestra-, dijo su amiga.
-Tu padre la compró hace unos días, la han traído hoy -dijo su madre -sabíamos que te gustaría. Y les dió unos caramelos, que las dos niñas recibieron con gran alegría.
La primavera se acercaba y con ella venían un montón de fiestas: los carnavales, las vacaciones de Semana Santa, las primeras Comuniones, la Ascensión, San Isidro y el Corpus, y lo mejor era que ya no hacía tanto frío. La familia de María estaba reunida en la gloria, después de arreglar a los animales y haber hecho las tareas de la casa. Estaba lloviendo y ese día no habian ido al campo. Faltaba su madre, que llegaba sofocada (como ella decía).
-¡Madre mia, que manera de llover, menos mal, que mi hermana me ha dejado una manta, si no, me pongo buena! -exclamó la madre de María.
-He ido -siguió diciendo- a ver a Isidoro, me ha dicho mi hermana que no está nada bien.
-¿Que le pasa al tio? -preguntó la hermana de María.
-No lo sé, pero el médico, se lo ha puesto bastante mal -dijo su madre.
-¡Vaya, otro que se pone malo! -dijo su padre.
La madre de María vestía de negro, hacía más de dos años, por las muertes de su hermana y su cuñada, las dos se fueron casi a la vez. Si alguien se moría, iban de luto riguroso (de negro, de pies a cabeza) más de un año. Luego se vestían de alivio-luto y estaban otro tanto tiempo. Así que, como había mucha gente mayor, se podía llevar luto durante años.
María no había conocido a sus abuelos. Su madre que era muy aficionada a los refranes solía decir. <Quien no conoce a sus abuelos no conoce día bueno>.
-Me ha dicho la Vicenta -siguió diciendo su madre-, que se marchan.
¿Y dónde van? -dijeron todos
-Ha dicho que cuando recojan la cosecha, se irán a Bilbao.
¡Otros que se van a Bilbao! -dijo su padre
-Pues dice, que Lorenzo, quiere ser municipal.
-¿En Bilbao? que bien -dijo la otra hermana de María.
-Pues a este paso no vamos a quedar cuatro -dijo su padre.
María que sólo pensaba que se iban sus amigos, Carmelo y Maria Luisa, dijo: -y nosotros en la escuela igual, entre los que ya se han salido y los que se van, quedamos muy pocos. El año pasado también se fueron Paulino y la Maxi.
En el pueblo a las chicas les ponian el ’la’ delante del nombre. A ella le llamaban la Mari. Siguieron hablando, y María un poco aburrida, pidió permiso para ir a buscar a su amiga. Esta vivia en una casa grande, con sus padres y sus siete hermanos. Los mayores eran los chicos y después las chicas, ella era la mayor de las chicas. Habia tenido una hermana más mayor, que se murió con catorce años. Sus padres tenían una gran foto de ella en su cuarto, era muy guapa.
¡Que lástíma de chiquilla! decía la madre de María, cuando hablaban de ella.
La casa era de tres plantas. A la entrada tenía un patio grande, al lado los corrales, encima de estos el pajar y la era. Y junto a la casa y el patio había una hermosa huerta. Además tenían un rebaño de ovejas y un perro.
Al perro lo llevaba su hermano, a la loma con las ovejas, pero ese día llovía y volvieron antes a casa. María no contaba con ello y al entrar en el patio, salió el dichoso chucho, llegó a ella tranquilito, pero le dió un gran susto. Ella era muy miedosa y no fue capaz de moverse. El perro se fue tranquilamente, y desde entonces ya no le tuvo miedo. Cuando se lo contó a su amiga, esta se echó a reir y dijo: ¡pero si Ricardo es un santo. (Ricardo era el perro).
Lo bueno era, que las dos vivian "cerquita" como ellas decian. Con toda la gente que vivia en aquella casa, estaba siempre muy animada, y a María le gustaba ir alli. Como tenía hermanos de todas las edades, siempre había muchos niños, y aunque tuvieran que estar en la cuadra, todos lo pasaban estupendamente.
Los carnavales, los esperaban tanto los niños, como los mayores. El día de los niños, era el jueves anterior, al domingo de carnaval, y lo llamaban el Jueves de Todos.
Ya desde la víspera, cogian papelillos de colores (a veces guardaban los de los caramelos) y en la escuela a la hora del recreo, los cortaban muy pequeñitos. Los llamaban "copetes" pero la señorita les dijo que se llamaban confeti, y en clase, lo buscaron en el diccionario. El Jueves de Todos no había clase, todos los niños madrugaban, y hacian un muñeco grande de paja, lo llamaban el Palanquin. Lo vestian con ropas viejas y lo ponian atado sobre un burro, se montaba uno de los niños mayores con él, para que no se cayera, y de esta guisa iban a todas las casas pidiendo, para hacer una merienda. Cantaban una canción que alguien había hecho para la ocasión, y que todos conocian desde siempre.
Tengan buenos días/ que a Jesús traemos/ con sus llagas vivas/
si le dan pasiones/ si le dan espinas/
a la Virgen Pura/ que es Madre de Dios/
Hoy venimos a esta casa/ con muchísima alegría/
para ver si recogemos/ para una buena tortilla/
Chorizos y huevos/ es lo que pedimos/
 y alguna morcilleja/ también recibimos/
¡Un choricillo por Dios! (y otro por la Virgen que son dos) añadian algunos.
Esta señora como es tan buena/ y tiene tan buen corazón/
nos dará buena propina/ para empinar bien el porrón/
A los niños de la escuela/ no se les puede negar/
un pedazo de torrezno/ para esta tarde merendar/
Y todo el mundo les daba cosas: dinero, huevos, morcilla, un trozo de chorizo... Antes de marchar, rezaban un padrenuestro por los difuntos de la casa y se despedian, finalizando la canción.
Adios que nos despedimos/ de esta casa santa y buena/
Que nos ha dado limosna/ a los niños de la escuela/
Y seguian haciendo lo mismo en cada casa. Al acabar se marchaban todos a comer, y por la tarde, hacian tortillas con chorizo, en la casa en la que estaba la maestra. Después de merendar quemaban el palanquín, y así se acababa la fiesta. Un año María y sus amigos se cambiaron las ropas, las niñas se pusieron los pantalones de los niños, los niños las faldas y vestidos de las niñas y asi vestidos, se fueron al pueblo más cercano, no les conocia nadie y lo pasaron muy bien.
La fiesta de los mayores era el martes de carnaval. Aqui no se disfrazaba nadie, los mozos hacían una merienda en la taberna, las mozas hacían chocolate en una casa y luego se juntaban todos a jugar a cartas.
Pasados los carnavales, la Semana Santa estaba encima (como decía la madre de María) El Domingo de Ramos, iban a misa con un ramito de hiedras, en el pueblo abundaban mucho. A los niños se lo adornaban con caramelos, galletas, rosquillas o alguna pequeña fruta. El cura los bendecía y se dejaban en casa, para "ahuyentar los males" hasta el año siguiente, que se cambiaba por uno nuevo.
Por lo demás la Semana Santa era muy triste. La radio sólo daba noticias y música religiosa, se acabaron los discos dedicados, las novelas y los programas más alegres. No se podía tocar las campanas, y para llamar a la gente a los oficios religiosos, los niños recorrian las calles haciendo sonar sus carracas y matracas de madera, las cuales hacían mucho ruido, y asi todo el pueblo sabía cuando llegaba el cura. La chavalería en esos momentos, lo pasaba en grande.
El Jueves Santo en la iglesia hacían un altar con las mejores colchas de las casas, y los mejores manteles de los altares. tapaban todas las imágenes, con telas de color morado, porque el Viernes Santo, moría Jesucristo, clavado en una cruz. El domingo Jesucristo ya resucitaba, se descubrian las imágenes, se deshacía el altar y las campanas tocaban a Gloria.
Era el Domingo de Pascua y en la misa se hacía una procesión. Los hombres llevaban a Jesús por un lado, las mujeres a la Virgen María, toda vestida de negro, por otro. Se encontraban en un punto y se le quitaba a la Virgen su manto de luto, al tiempo que se le cantaban unos cánticos muy bonitos.
Quítale el manto a la Virgen/ que ese luto es muy pesado/
y no es digno que lo lleve/ que su hijo ha resucitado, etc.
Luego se volvía a la iglesia y se terminaba la misa.
Después de la Pascua, empezaban las clases, y todo el pueblo volvia a sus trabajos de siempre. Estos meses eran de mucho ajetreo y todo el mundo andaba azacanado con sus cosas: había que abonar las fincas, sembrar las patatas, las remolachas y limpiar las fincas de malas hierbas. Todas las manos hacían falta y la madre de María también iba a las fincas. Para que María no se quedara sola, le dejaban la merienda en casa de su tia, y pasaba la tarde encantada, junto a sus primos, algo mayores que ella.
Ese día después de salir de clase quedó con su amiga para ir a por agua a la fuente, llevaban los calderos con su aro, y marchaban, cuando su amiga se paró y dijo: -Mi hermano dice, que igual se va a los frailes.
-Y tú que piensas-, dijo María
-Nada, espero que si se va, esté bien, y venga de vez en cuando a vernos.
Los hermanos pequeños de su amiga eran también amigos suyos. María los apreciaba y les deseaba lo mejor.
-Pues cuando venga, sabrá muchas más cosas, verás como está contento.
-Espero que sí -comentó su amiga. Y siguieron andando y hablando de otras cosas.
Por aquellas fechas, decian que se iba a sortear, a los quintos de aquel año. Todas las madres estaban preocupadas, no querian que les tocase a sus hijos hacer la mili en Ceuta o Melilla, porque estaba muy lejos, y era casi seguro, que no podrian volver antes de licenciarse. Por lo tanto no volverían a verlos hasta pasado más de un año.
El padre de María, no había estado en la guerra, pero si estuvo más de tres años en la mili: Contaba haber estado en Pamplona, Almeria, Melilla, Ceuta, Sahara, Marruecos, Tetuán y otros sitios de África, tenía algunas fotografias muy curiosas, que a veces les enseñaba y les contaba sus historias.
-La hija de Marcelino se va a servir, me he encontrado con ella en el río, -dijo la hermana de María-, dice que si le va bien, se llevará a sus otros hermanos.
-A ver si tienen suerte, que no les vendrá mal -dijo su madre.
-Como a los demás -comentó su otra hermana -ya podía ponerse bien el tio.
-Tienes razón, pero creo que ya no será posible, por desgracia-. Volvió a decir su madre. El tio murió pocos meses después.
Por fin se hizo el sorteo de los quintos, con tan mala suerte, que le tocó a Ceuta al hermano mayor de la amiga de María.
El mes de mayo era el mes del Rosario y todas las tardes del mes, la maestra lo rezaba en la iglesia. En la escuela lo rezaban todos los sábados del año (mientras tuvieran clase). Los días laborables, la gente trabajaba, y sólo iban a la iglesia los niños y las personas más mayores. Los domingos también acompañaba la mayoria de la gente, y los niños y niñas recitaban versos a la Virgen.
En el pueblo todos los vecinos, eran agricultores, cada uno tenía sus pequeñas fincas, y varios de ellos, también tenian ovejas, juntándose en el pueblo, ocho o diez rebaños. Cada cual hacía queso en su casa, pero uno de los vecinos empezó a recoger la leche de todos e hizo una pequeña fábrica de queso en el pueblo, que luego ampliaría en una ciudad más grande, con gran éxito. Incluso ganó un premio, en una feria importante, por hacer el mejor queso.
Por ser un pueblo de labradores, el día 15 de mayo, San Isidro Labrador, se guardaba fiesta, ya que era su patrón. Se decía una misa y en procesión se iba a la salida del pueblo y el cura bendecia los campos.
Ya se habían marchado unos cuantos vecinos a las capitales a buscar trabajo, y cada vez que llegaban al pueblo, parecían unos "señoritos y señoritas". Incluso algunas chicas llegaban con pantalones, algo muy llamativo y extraño por aquellos pueblos. A los demás (trabajadores del campo) les daba cierta envidia, sobre todo cuando les contaban, que en las capitales había de todo, y se pasaba muy bien. En el pueblo no había ni cine ni baile. Los dias de fiesta, los pasaban, paseando por la carretera, o jugando a los bolos. Ellos lo pasaban bien porque no tenían otra cosa, pero cada vez se marchaba más gente.
Algunas veces llegaban unos señores de la caja de ahorros, a hacer cine. Subian al ayuntamiento con una cámara, y con una sábana como pantalla, daban reportajes de animales y de otros pueblos. Regalaban cuadernos y lapiceros a los niños, algún libro para la escuela y todos quedaban contentos. Otras veces llegaban comediantes, que también actuaban en el ayuntamiento, la gente acudia y todos se divertian mucho.
Había pasado mayo y los cereales empezaban a cambiar de color. Todos andaban preocupados y rezaban para que no vinieran tormentas o fuertes vientos, que a veces y para su desgracia, dejaban algunos campos arrasados.
El día 11 de junio, San Bernabé, era fiesta. Los mayores contaban, que un año cayó una gran tormenta con granizo por los alrededores, su pueblo se había salvado y desde entonces se guardaba fiesta, en honor al Santo.
Las cosechas pronto tendrian que ser recogidas, y para ello se afilaban las hoces y dalles o guadañas, se sacaban los trillos y todos los demás aperos para la trilla: palas, horcas, bieldos, bieldas, etc. Se preparaba la era, y ya estaba todo listo para cuando se pudiera segar.
Algunos vecinos compraron máquinas segadoras, con ellas el trabajo se hacía mucho más rápido, y aunque algo se segaba a mano, no era tan dura la tarea. Poco a poco cada vecino fue comprando la suya. Luego llegaron las atadoras, máquinas que facilitaban mucho más la labor, ya que sacaban los haces atados desde la propia máqina.
Se trillaba con las mulas y los trillos y para separar el grano de la paja, se beldaba con bieldos, Después también se fueron comprando máquinas aventadoras.
Los meses de julio y agosto eran de un trabajo agotador, pero los labradores lo llevaban con alegría, sobre todo si tenían buena cosecha.
El 7 de agosto era el día de los Mártires de Cardeña, como eran sus patronos se guardaba fiesta, pero al estar la cosecha en todo su apogeo, poco a poco dejó de celebrarse.
Llegado septiembre y recogida la cosecha, se hacía la fiesta de Gracias, eran dos días estupendos, sábado y domingo. El ayuntamiento contrataba a dos músicos que solían tocar el acordeón y antes de la misa hacían una ronda tocando por todo el pueblo. Los niños les seguian tan encantados como los niños del cuento "El Flautista de Hamelin". La misa era cantada por algunos hombres y en la procesión los mozos sacaban los pendones y estandartes, se llevaba la Virgen a la ermita, tocaban los músicos y los mozos tiraban cohetes. Después de la misa había baile hasta la hora de comer. Por la tarde se rezaba el rosario. Era una forma de dar gracias a Dios y a la Virgen, por la cosecha recibida. A la hora de la cena todo el pueblo tenía invitados, siempre había gente de otros pueblos vecinos, que familiares o no, llegaban a la fiesta y a nadie se le dejaba sin cenar. Después de la cena se hacía una buena verbena y todos lo pasaban en grande.
El nuevo curso ya se acercaba y la maestra ya no tardaria en llegar, con la apertura de las clases todo volvia a ser como siempre, pero este año eran unos cuantos niños menos.
La familia de María como de costumbre, estaba reunida mientras se hacía la hora de la cena, su padre estaba oyendo las noticias en la radio sus hermanas seguian con sus labores y su madre estaba hilando. Parecía mentira que, de aquella lana que "vestian" las ovejas, salieran aquellos ovillos con los que después se hacían tantas cosas.
Para sacar la lana de las ovejas se las esquilaba. El esquileo lo hacían antes de que empezara el calor, y como en otras ocasiones se juntaban los que tenían ovejas y hacian la labor todos juntos. Estos vecinos tenían una costumbre bastante curiosa: mandaban a un chaval, a la casa de un vecino, a por la piedra de afilar. El pobre chaval, bien obediente, iba a por la dichosa piedra. El tal vecino metia en un saco, una gran piedra de la calle, que el chiquillo iba arrastrando con dificultad, luego todos se reían de la broma pero todos los años caía algún inocente.
Después de esquilada la lana se elegian los mejores vellones, para después de lavarlos bien, someterlos a una serie de procesos. Primero se carmenaba: esto era desenredarlo por si tenía algún pequeño defecto, o simiente del campo, que no se hubiera quitado con el lavado. Luego se cardaba. Las cardas eran unos cepillos grandes, con un mango y puas de acero, y frotando una con otra, la lana se deshacía y se preparaba para ser hilada.
A María le gustaba ver a su madre como cardaba la lana, hacía unos bucles estupendos (que llamaban "letas"). Después con un huso de hierro, al que hacía bailar con una gran maestria, iba enlazando un bucle tras otro, y sin hacer un solo nudo, salian unos hermosos ovillos, que ella iba haciendo de mayor o menor grosor, según para lo que se fuera a confeccionar. Luego lo convertian en madejas y lo teñian de distintos colores. Las chaquetas y jerséis que lucía María, eran confeccionados en su casa, entre su madre y sus hermanas desde el principio hasta el fin. Así como calcetines y otras muchas cosas. Con esta lana también hacian mantas y alforjas, tanto para la casa, como para los animales, pero estas las mandaban hacer fuera del pueblo.
-La Tomasa está embarazada -decia la hermana de María.
-Pues, se va a llevar poco con el otro -decia su madre.
-Menudo trabajo -decia su otra hermana.
Ellas seguian conversando, mientras María sola, hacía los deberes.
¿Dónde está hoy tu amiga, que no ha venido contigo? -preguntó su madre a María.
-Dijo ayer que tenía que ayudar a su madre. Hoy no ha venido a la escuela -dijo María
-Claro, es que son muchos, y ella es la mayor.
-Si, además creo que viene hoy su hermano de la mili.
 -¡Que bien ya es hora, hace mucho tiempo que se marchó! -acabó la madre de María.
El día siguiente, María ya estaba en la escuela, cuando llego su amiga.
-¿Ya vino tu hermano? -preguntó María.
-Si, vino por la noche, le estuvimos todos esperando -contestó su amiga.
-Pues claro, hace mucho tiempo que no le veiais -volvió a decir María.
-Luego te cuento -acabó su amiga.
Llegó la señorita y les mandó sentar. Los pupitres eran unas mesas de madera, con dos asientos, estaban un poco inclinadas hacia estos y ellas se sentaban juntas. En la parte de arriba, tenian un agujero para poner el tintero. Escribian con las plumas llenas de tinta y a veces les caía un borrón en el cuaderno, la señorita les decía que tuvieran más cuidado, pero si la tinta les caía sobre la mesa, lo tenían que limpiar.
La mesa de la señorita era mucho más grande que las de los niños, y siempre tenía libros y cuadernos encima de ella. Cuando se iba de clase los guardaba en el armario.
Los jueves por la tarde no tenían clase y de vez en cuando, si hacía bueno lo aprovechaban para ir de 'excursión' con la señorita al Cerro de la Ermita. El cerro estaba un poco más alto que el pueblo, distaba unos tres kilómetros y se veía desde lejos. Llevaban algo de merienda y allí se iban a pasar la tarde.
El camino para ir al cerro era un camino baldío del ayuntamiento y no se sembraba por estar lleno de torcas o ’torcos’ como les llamaban en el pueblo, algunos llevaban agua en su fondo, pero la mayoría estaban secos y los niños se divertían de lo lindo, dando vueltas dentro de ellos. ¡Bonita excursión!
Los sábados después de salir de clase, las niñas mayores se quedaban en la escuela para hacer la limpieza.
Aunque los vecinos normalmente se llevaban bien, en una ocasión discutieron dos de ellos llegando a las manos. Tuvo que intervenir la guardia civil y hubo un tiempo de preocupación. Gracias a Dios, pronto volvieron las aguas a su cauce.
Todavia hacía frío y varias vecinas se juntaban a coser en alguna casa, para ellas era más distraido y a la vez podían escuchar algún programa de radio, que les gustaba. Esta vez estaban en casa de María. Escuchaban un concurso de radio Madrid, al oir una voz les resultó familiar y con gran sorpresa dijo una de ellas.
-¡Habeis oido, parece la mujer de Jacinto! Siguieron escuchando y el locutor decia.
¡Cuidado señora, cuidado con los cables!
Siguió hablando, y por las preguntas y las respuestas, ahora si estaban seguras, de que se trataba de su antigua vecina. Era una una enorme casualidad, que a la única de sus vecinas que entonces, vivia en Madrid le oyeran desde su pueblo, y a todas les hizo mucha gracia.
Para hacer documentos importantes, asi como para ver a los médicos especialistas, hospitales y otros muchos asuntos, había que ir a la capital de provincia. Había casi 6o kilómetros y tenían dos opciones: el tren o el autobús. La estación del tren estaba a 17 kilómetros de distancia y tenían que ir en taxi o en cualquier caballeria. Lo primero resultaba un poco caro, para lo segundo, se tenía que desplazar otra persona hasta dicho medio de transporte, acompañando a la persona que viajaba y quedarse hasta que volviera. El autobús pasaba por otro pueblo más cercano, pero había que ir por un camino campo a través y que a veces estaba intransitable. La madre de María tuvo que ir por unos asuntos, y aunque en el autobús se mareaba, eligió éste, porque a ella le convenía mejor, quedando con su hermana, para que uno de sus sobrinos le fuera a buscar con el burro Vicente a la parada del autobús, ya que cuando llegaba era un poco tarde. Cuando llegó el autobús a su parada, ya estaba el chico con el burro. La madre de María que llegaba bastante mareada dijo al verles:
-¡Dios mio, bendito sea el burro!
El chaval al oir semejante exclamación se partia de risa. Por el camino ya se le pasó el mareo y llegaron a casa tan contentos.
El verano estaba cercano, algunas personas que vivian fuera del pueblo, volvian para pasar unos días en su antigua casa, o donde algún familiar.
A María le dijo su amiga: -¿sabes que se llevan a la Virginia a servir?
-No sabía nada, -contestó ésta.
Jesús y la Paqui están aquí, le han buscado una casa y se van la semana que viene -contestó su amiga.
-Poco a poco tendremos que irnos todas, mira las que vamos quedando.
Es verdad, los chicos también se van, mis hermanos dicen que se irán cualquier día.
Pues vaya panorama que tenemos, ya hay un montón de casas cerradas -terminó María.
El hermano mayor de su amiga, se fue al poco tiempo y por desgracia, fallecio accidentalmente mientras se bañaba en un río.
La hermana mayor de María se había casado. De momento el nuevo matrimonio vivia en casa de María con su familia, pero su padre compró otra casa para que fueran a vivir ellos solos. Mientras la arreglaron y otras cosas pasó más de un año, y María tuvo un sobrino precioso que nació en su casa.  La gente joven se marchaba a otras ciudades. Un día su amiga le dijo que le habían buscado una casa para servir, en la ciudad en la que estaba Virginia y allí se fue con ella. A María le daba mucha pena que se hubiera ido. De vez en cuando su amiga le escribia y entre otras cosas le contaba que salia con Virginia y estaban muy bien. Más tarde sus hermanos la llevarían donde ellos estaban, y algunos años más tarde también a sus padres y hermanos más pequeños.
María había cumplido sus catorce años y tenía que salir de la escuela. Pensaba que también tendría que irse del pueblo. Su otra hermana se casaría pronto y sus padres eran ya mayores para trabajar en el campo. Aunque ya no se trabajaba tanto como antes. Ahora para quitar las malas hierbas a los cereales se les echaban herbicidas, y a las patatas y otros productos del campo, también se les echaban otros ’venenos’ para matar a los escarabajos y otros insectos que se los comian.
Ya todos tenían su maquinaria para segar, para hacer la trilla se contrataban máquinas trilladoras que llegaban de fuera, aunque el acarreo de la mies, se seguia haciendo con carros y galeras.
Cuando María acabó la etapa escolar, quedaban pocos niños, pero seguia habiendo maestra. A ella le hubiera gustado seguir estudiando pero el siguiente año, siguió el mismo destino que sus amigas.
Escribía a su casa y su padre le contestaba contándole lo que pasaba en el pueblo.
<Nos han puesto el teléfono en la taberna para todos>.
<Fulano ha comprado un coche>.
<Mengano ha comprado un tractor>.
<Nos han traído una televisión para todo el pueblo y se ha hecho un teleclub en la taberna>.
Le iba dando poco a poco todas las novedades que iban llegando.
María iba poco por allí y le encantaba recibir las cartas. De vez en cuando podian hablar y escucharse por teléfono, aunque tampoco era muy fácil. Lo tenian conectado con el pueblo más cercano y cuando se llamaba a uno, podian hablar y escuchar al otro.
Había en todas las cartas siempre algo de bueno.
<Hemos comprado una cocina de butano>.
<Vas a tener otro sobrino>.
Pero había también cosas menos gratas.
<Se han marchado fulano y mengano, esto está quedándose muy solo>.
<Este año ya no tenemos maestra, a los niños los llevan con los de... en un autobús a tal pueblo>.
A más de diez kilómetros, con el consiguiente trastorno para ellos y sus familias.
María estaba sirviendo en otra provincia. Tenía pocas vacaciones, pero siempre que podía, volvía al pueblo a ver a su familia. Esta vez iba a pasar las Navidades con los suyos, y montaba toda ilusionada en el tren. Era un tren con los vagones desvencijados y sus bancos de madera. En uno de ellos se sentaba un señor mayor. María se sentó a su lado y le saludó dándole las buenas tardes. El señor correspondió a su saludo y empezaron a conversar. Le pareció un hombre muy educado y le recordaba un poco a su padre. Después de estar un rato hablando, el señor le preguntó a María.
-¿Adónde vas?
-Voy a...
-¿Eres de allí?
-No, soy de otro pueblo más pequeño, en el que no hay tren.
-¿Cómo se llama tu pueblo?
-Es un pueblo muy pequeño, no creo que usted lo conozca.
-Yo he estado por esa zona, nunca se sabe.
-Mi pueblo se llama...
-¡Anda, yo tuve una novia en ese pueblo!
-¿Si? ¿Cómo se llamaba?
-Se llamaba...
María dió un respingo, soltó una carcajada y contestó.
-¡Pero... si es mi madre!
La carcajada en el vagón fue general, después de la sorpresa por parte de los dos, el señor volvió a preguntar.
-¿Y cómo está tu madre?
-Pues, muy bien.
-Ya me enteré que se casó con un chico del pueblo de abajo.
Y siguieron hablando hasta que el señor se bajó del tren. Al despedirse el señor dijo: -Le das recuerdos a tu madre de parte de...
Cuando María lo contó en casa, fue una aútentica sorpresa y todos se rieron. El mundo es un pañuelo. Nunca mejor dicho.
Pasado un tiempo, María volvía a su pueblo, esta vez para casarse. Era mayo del año 1967. Fue la última boda que se celebró en su iglesia.
Los que antaño llegaban a vender carne, pescado, fruta y verdura con un burro, ahora llevaban coches y camionetas, pero cada vez con más retraso. El panadero llegaba una vez a la semana. El pan hacía tiempo que no lo hacía nadie en el pueblo, y el horno se fue deteriorando, hasta desaparecer.
Cada vez quedaba menos gente. Algunos niños que quedaban, habían cumplido los catorce años, y para ir a la escuela quedó sola la sobrina de María, tenía ocho años y la llevaron a estudiar a la capital de provincia.
Ya no llegaban a media docena de vecinos. Varias personas mayores habían fallecido y otras se fueron con sus hijos. La taberna ya no la alquilaba nadie y los vendedores de fuera dejaron de llegar. Todos fueron vendiendo el ganado, tanto las ovejas como las mulas. Otros vendieron las fincas. Se hizo la parcelaria agrícola y las fincas se hicieron mucho más grandes. Algunos vecinos compraron tractores, se fueron a otros pueblos o ciudades más grandes y desde alli llegaban a hacer las faenas del campo. Para recoger las cosechas empezaron a llegar cosechadoras.
Cada vez era más dificil estar allí, sobre todo para los que no tenían coche.
En el año 1975 llegó el momento en el que sólo quedó una persona. Esta persona era un señor que estaba acostumbrado a vivir en el campo, con sus dos perros, su escopeta de caza y sus gallinas, estaba soltero y no tenía ni pedía, cuentas a nadie. No sabía leer ni escribir. Sus hermanos quisieron llevarle con ellos, pero el prefirió quedarse y vivir a su aire. Le dejaron la casa de la taberna en la cual estaba el teléfono (que no lo entendía) y alguien le regaló una radio, para que no se sintiera tan solo.
La marcha de los vecinos coincidió con las elecciones, y como en la película, "El disputado voto del señor Cayo" este vecino fue visitado por todos los periódicos y revistas de España.
El pueblo pasó a formar parte de su partido judicial, después de resuelto un pequeño litigio, entre las dos ciudades más grandes que se lo disputaban.
Lo mejor fue, que aunque de lejos, trajeron una estupenda y cristalina agua blanda, y se hizo una hermosa fuente en el centro del pueblo.
<Es una pena que esta fuente, no la hayamos tenido mucho antes, seguramente no nos hubiéramos marchado todos> decia todo el mundo. Todos estaban encantados, aunque sólo se iba de visita, pero para el señor que vivia allí y los cazadores que iban de vez en cuando, era una gran suerte.
Al quedar tan solo el pueblo, empezaron los expolios y la iglesia fue totalmente desvalijada, llevándose el retablo con todas sus imágenes y todo lo que encontraron de valor.
En el mes de enero de 1994, los cazadores encontraron muerto, en el portal de su casa, al único vecino que quedaba. Tenía la cocina de butano encendida, con la comida al fuego. Fue una suerte que lo encontraran antes de que todo ardiera.
Desde entonces y al no haber gente que pudiera cuidarlo, se llevaron las campanas de la torre y hasta las losas del suelo de la iglesia, dejando los restos de sus difuntos al descubierto y a la vista de todo el mundo. María aficionada a la poesía, escribia en su cuaderno:
¿Sabes lo que yo pienso cuando me encuentro a solas?
que están los pobres muertos muy solos en sus fosas.
Cuando el sol en verano abrasa con sus rayos,
si hay tormenta y granizo con truenos y relámpagos.
Cuando la nieve cae, o el viento les azota,
si blanque la escarcha o la lluvia les moja.
Y... pienso que están tristes, con frío y hasta inquietos.
Ya lo decía Bécquer (G. A) ¡Dios mío, qué solos, se quedan los muertos.
Las puertas de las casas que estaban todas cerradas, fueron violentadas sus cerraduras y lo poco que había quedado fue robado en su totalidad.
Pero los vecinos no quieren perder las raíces y los lazos que les unen. Así con el nuevo siglo, comenzó una cita anual. Se reúnen el último sabado de agosto para decir una misa en la plaza bajo una carpa, ir en procesión hasta la derruída ermita, cantar la salve y dar los vivas de rigor, a sus patronos la Virgen del Valle y los Mártires de Cardeña.
Para después de un pequeño baile y tomar el vermouth con canapés, hacer una comida de hermandad, que es servida por una empresa de catering. Se remata la comida brindando con una copa de cava y se dan unos pequeños recuerdos del encuentro. Por la tarde se hacen juegos. A los ganadores se les da su premio, después se hace una buena chocolatada con bizcochos. Los niños disfrutan un montón, también para ellos hay juegos por la mañana y por la tarde y su comida es especial. Todos están encantados por no tener que llevar ese día la tortilla.
<La noche te devolverá a la soledad, querido Castrillo>. Decía María en una pequeña lectura en la misa. Así es: al anochecer ya acabada la fiesta, con la colaboración de todos, es recogida la carpa, sillas, caballetes y tableros, se cargan de nuevo en el tractor o camión, propiedad de algún antiguo vecino, en el cual han llegado. Y son devueltos a sus dueños, que los prestan para que ese día pueda celebrarse la misa y disfrutar de la pequeña fiesta. Así cada antiguo vecino, con una sensación agridulce, vuelve a su destino.
El primer año se reunieron más de ciento cincuenta personas, entre las nacidas en el pueblo y sus familiares. Muchas de ellas no se habían visto hacía más de cuarenta años. A otras muchas no se les conocía, por haberse marchado muchos años antes. Ahora la mayoría son mayores y desde entonces han muerto varias, pero ningún año ha bajado de cien personas.
ES UN PUEBLO SOLITARIO, PERO NO ESTÁ ABANDONADO. Escribió María en una de sus ’poesías’.
Aunque ahora el pueblo está solitario, antiguamente tuvo cierta importancia. Así lo recogía un antiguo escrito.
En época de Rodrigo, y tras la victoriosa campaña contra Albelda (859) fortaleza de Musá II, los asturianos se debieron hacer con el control de multitud de fortalezas de la zona: como...
Entre ellas se encontraba la de este pequeño pueblo, que sin duda debió ver muchas batallas entre moros y cristianos. Seguramente nuestro Cid anduvo por aquellos parajes.
El poeta Don José María de Heredia lo cita en su libro Les Trophées (Los Trofeos) en su poema El Triunfo del Cid. También María escribió en su cuaderno, lo que ella llama "su poesía" en honor al burgalés más insigne y también a su pequeño pueblo. Así dice en un pequeño fragmento.
Bebe tranquilo Babieca y luego descansaremos,
que en estos pueblos perdidos ninguna prisa tenemos.
Pero allá en la lejanía un castillo se divisa,
el Cid en guardia se pone por si es gente enemiga.
Da galope a su caballo, su Tizona desenvaina,
reluciente como el sol preparando la batalla.
No temas nada buen Cid, ve al castillo confiado,
que la gente que lo guarda son todos buenos cristianos.
Todos ellos buena gente, todos ellos castrillanos.
                      FINAL
P.D. Los datos más antiguos de la iglesia están recogidos del periódico el Diario de Burgos el día 30-10-1988
                          IRENE SAEZ SAIZ.

DICEN QUE LA IGNORANCIA ES MUY ATREVIDA. QUIZÁ POR ESO (O POR QUE SIGO TENIENDO ALMA DE NIÑA) SE ME HA OCURRIDO ESCRIBIR ESTA PEQUEÑA HISTORIA. NO TIENE NADA DE PARTICULAR NI ES INTERESANTE. PERO SI ALGUIEN LA LEE Y LE GUSTA UN POQUITO, ME DARÉ POR SATISFECHA.
QUIZÁ ALGUNA DE LAS COSAS NO SEA DEL TODO EXACTA. ESPERO QUE NO SEA IMPORTANTE.  MUCHAS GRACIAS.
CUANDO ESCRIBÍ ESTE PEQUEÑO RELATO DE LAS HISTORIAS DE MARÍA, NO SABÍA EXACTAMENTE LAS FECHAS EN LAS QUE HABÍAN SIDO INAUGURADAS LA LUZ Y LA CARRETERA. HE ENCONTRADO UNAS NOTAS DE MI PADRE, EN LAS QUE DICE.
EL DÍA 29 DE SEPTIEMBRE DE 1950 SE EMPEZÓ A CONSTRUIR LA CARRETERA.
EL DÍA 29 DE FEBRERO DEL AÑO 1952 TERMINARON LOS TRABAJOS DE DICHO CAMINO O CARRETERA. HABIENDO DURADO DICHOS TRABAJOS 17 MESES
EN CUANTO A LA LUZ, TIENE COPIADO DE SU PUÑO Y LETRA, TODO EL CONTRATO QUE SE HIZO, LO QUE SE PAGÓ. ETC
RESUMIENDO: EL CONTRATO SE HIZO EL DÍA 22 DE JUNIO DE 1947 EN BAÑUELOS DE BUREBA PARA LOS PUEBLOS DE BAÑUELOS, CARRIAS Y CASTIL DE CARRIAS ASÍ COMO LA GRANJA DE LOS MORTEROS. LO FIRMAN VARIOS VECINOS DE DICHOS PUEBLOS ASÍ COMO EL "PROPIETARIO" DE LA GRANJA.
AL FINAL DICE: LA LUZ VINO EL DÍA 25 DE NOVIEMBRE DE 1948.