domingo, 12 de febrero de 2017

AL POETA DON ANTONIO MACHADO



CATEDRAL DE BURGOS
¡En pocos sitios como en Castilla, habrá tan grande maravilla! 
 Resultado de imagen de catedral de burgos

¡Cómo me gusta Don Antonio Machado!,
¡cómo me gusta su poesía!,
mil veces la leería,
¡es tan sabia y tan sencilla!
Cuanta verdad, cuanto amor, 
lo mismo canta a un señor, 
a un sencillo labrador, 
o a un pacífico pastor.
En verdad es maravilla 
cuando le canta a Castilla:
¡Oh tierra ingrata y fuerte, tierra mía,
donde apuntan centenos y trigales
que el pan moreno, nos darán un día!
Aunque en algún mal momento
aburrido y descontento,
 poniendo enojo en sus versos
al mundo lanzó un lamento.
Y ese día “acalorado”,
despechado y fastidiado,
 el buen Antonio Machado
enfadado y muy molesto,
en algún lugar "nublado"
de Castilla; dijo, esto:
Castilla miserable, ayer dominadora,
envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora. 
¡Oh, tierra triste y noble,
la de los altos llanos y yermos y roquedas, 
de campos sin arados, regatos ni arboledas;
decrépitas ciudades, caminos sin mesones,
y atónitos palurdos, sin danzas ni canciones.

sábado, 11 de febrero de 2017

EL TIO ALBERTO - MATES



   EL TÍO ALBERTO MATES
Campos de Castilla
El tío Alberto era un tío postizo, lejano pariente de mi madre. Era nieto de un hermano de mi abuelo que se marchó de aquí hacía muchos años. Y mi madre decía: Cuando yo era pequeña a veces venía por aquí a ver a su madre, que también la llamábamos tía. Era un chico joven muy guapo y muy bien vestido, siempre traía alguna ropa para mi madre y sus hermanas, pero sobre todo, traía muchos caramelos, que repartía entre todos los niños del pueblo. Mis primos y yo le llamábamos tío, porque como dice el refrán: quien da es tío y el que no… Solía quedarse unos días y los chiquillos y sobre todo las chicas, andaban todas loquitas detrás de él, pero como estaba poco tiempo se guardaba muy mucho, de acercarse a ninguna de ellas.
   Mi madre y mis tías decían que aquella ropa que traía el tío para ellas, era demasiado elegante, y la mayoría de las veces se la daban a unas primas jóvenes, que vivían en la cercana ciudad, si no les quedaba bien, ellas mismas la arreglaban y estaban la mar de guapas.
   En casa nos contaban, que este chico era hijo solo, no tenía padre y su madre vino aquí a vivir al quedarse viuda. Fue a hacer la mili de voluntario a Madrid y estudiaba cuando podía, mientras cumplía con sus obligaciones militares.
   Cuando terminó la mili empezó a trabajar en una tienda de ropa. Como era un chico muy listo y trabajador, enseguida le ascendieron y lo pusieron al mando de una tienda de ropa de alta costura. Al poco tiempo se casó con la hija del dueño, que además era modelo, y ya no le vimos por aquí más que un par de veces. Tuvieron dos hijas gemelas y de vez en cuando escribía a su madre, pero a su mujer y las gemelas, que decían que eran muy guapas, no las conocíamos nadie de la familia.       
   Cuando su madre (que seguía viviendo aquí) se puso mal, la llevaron a un hospital de Madrid y allí murió; a la familia les mandaron un telegrama, pero como no llegaban al entierro, de aquí no fue nadie.
   Mis padres y los tíos le escribieron al tío Alberto dándole el pésame, él contestó dando las gracias y durante unos años se mandaban una postal en Navidad, hasta que alguno de ellos dejo de escribir. 
   Tiempo después, supimos que las gemelas se habían quedado trabajando en la tienda, una de ellas se había casado y tenía dos niños, chico y chica. El tío volvió cuando se jubiló, trayendo a su nieto y estuvieron aquí unos días para vender lo poco que tenía de su madre.
   El niño se llamaba Alberto como el abuelo, tenía 10 años y lo pasó tan bien en este pueblo, que es el único de la familia que ha vuelto de vez en cuando.
   La última vez que lo vimos fue un día que tenía que trabajar cerca de aquí y vino a visitarnos. Se había casado, decía que su mujer era una chica estupenda y la quería muchísimo. Se le veía que estaba muy enamorado porque hablaba maravillas de ella y sobre todo (nos decía), su familia me recuerda a mi padre y a todos vosotros. Nos enseñó una foto de su boda y leyó encantado una carta de su mujer que siempre llevaba consigo.
   Y mi madre emocionada, recuerda la noche que cenó con ellos y también durmió en su casa. Así nos relata en su famoso cuadernillo, aquella carta y parte de sus emociones.

   HISTORIA DE UN AMOR
   Estaba a punto de acostarse: sobre la mesita de noche puso la fotografía de su boda y contemplando su imagen, recuerda con cariño una gran historia de amor. Es la historia de su amor; el suyo y el de una muchachita desconocida que acabaría llevándole al altar. Recuerda el día que la conoció, aquella chica tenía algo especial que a él le gustaba, y aunque la chica no era como las que coqueteaban con él, ni de su entorno, ni de su clase social, con el tiempo, su amor hacia ella fue consolidándose, hasta el punto de que al cabo de pocos meses terminaría siendo su compañera y esposa.
   En sus manos tiene la carta que un día de hace muchos años ella le envió, cuando en otro viaje se separaron por unos días. Es su carta, la que guarda como un tesoro, la que lleva siempre que sale fuera de su casa por un tiempo y la que lee para mitigar un poco su ausencia.
   También recuerda como si fuera hoy, el momento de recibirla en el pequeño hotel en el que se alojaba. Era su cumpleaños; en la carta ella le felicitaba y le contaba los apuros y el placer que sintió al conocerlo. Ella nunca se lo había dicho y él se sintió feliz, porque también había sentido lo mismo. Ahora la vuelve a releer por enésima vez, en voz alta. Y le gusta oír su propia voz cuando le dice:
   En estos momentos que estás de viaje, ¡cuanto te echo de menos! ¡Me encuentro tan sola!... Jamás olvidaré el día que te conocí. ¡Fue tan extraño! ¡Yo iba a cumplir la mayoría de edad!
   ¡Mi mayoría de edad! Esa fecha tan especial de mi puesta de largo y la entrada al mundo de los mayores, con la cual soñaba desde que hice mi primera comunión. Algunas de mis amigas habían pasado por “el trance” y la experiencia había sido de lo más exitosa y para mí muy apetecible.
   Pero yo no disponía como ellas de una buena economía, ni tenía su belleza ni sus “gracias” (como mi madre me decía algunas veces), yo era una chica más bien del montón, tirando a bajita en todo. Había hecho algunos pequeños trabajillos y algo tenía ahorrado, pero cuando fui a comprar el vestido que me había gustado, al verlo con su precio en el escaparate, me eché a temblar y el ánimo se me fue por los suelos. ¡Dios mío!, ¿de dónde iba a sacar yo, aquel dineral?
   Nunca estuve dentro de aquella maravillosa tienda, la veía desde fuera con envidia pero jamás me atreví a enfrentarme con aquellas dos señoronas mayores que reinaban detrás del mostrador y que a mi me imponían un cierto rechazo por su impresionante figura. Eran como dos estatuas de cera: guapas, bien construidas (como decía mi padre) y vestidas y peinadas siempre impecablemente. Ya me iba con lágrimas en los ojos cuando me decidí a entrar en la tienda; podía probármelo y hacerme la ilusión de verme con aquel vestido, o quizá, tendrían algo más barato aunque no me gustase tanto, pero viendo el panorama… Al final como un autómata empujé la gran puerta. Dentro no estaba ninguna de las dos señoras, sólo estaba una chica que me preguntó muy amablemente en que podía servirme.
   La dije que me gustaría probarme el vestido del escaparate y a ella le faltó tiempo para decirme que era muy caro.
   –Ya, pero de aquí a un mes igual me toca la lotería –contesté yo.
   A ella le hizo gracia y se echó a reír, yo fui perdiendo el miedo y las dos empezamos a hablar. Le conté lo de mi fiesta, me enseñó otros vestidos algo más baratos pero igualmente fuera de mi alcance. Cuando ya me despedía, de pronto apareciste tú, saludaste, sonreíste y a mí me pareciste algo irreal. ¿De dónde salías?, habías oído nuestra conversación y te animaste a acompañarnos. Me dijiste que esperase un poco, llamaste a la cafetería de enfrente, pediste tres cafés y me preguntaste qué me apetecía, yo sin entender muy bien, me quedé mirándote estupefacta: <<Sí –dijiste–, ¿te apetece un café con leche?>>, yo no sabía que decir y antes de contestar, ya estaba en la tienda la camarera del bar, dejó sobre el mostrador una bandeja con bollos, tres tazas de café y una jarrita con leche. Yo te dí las gracias, mientras tomábamos el café, la conversación fue derivando a otras cosas y me preguntaste si tenía novio, yo dije que no, tú dijiste que tampoco tenías novia. ¡Yo que creía, que eras el marido de aquella dependienta tan amable y tan guapa! Pero no, ella dijo que erais hermanos, hijos de una de las dos señoras, mellizas y dueñas de la tienda, que acababan de jubilarse.
   <<¿Por qué no le sacas a esta chica tan guapa el vestido que usaste tú en tu fiesta de cumpleaños?, es precioso, está impecable y lo tienes muerto de risa. Seguro que le queda bien de talla y estará estupenda igual que estabas tú>> –le dijiste a tu hermana. <<Pues tienes razón, a mí ya me queda un poco justo, se lo daremos baratito y las dos nos arreglaremos>> –contestó ella.           
   <<Pero a cambio que nos diga dónde vive, dónde es la fiesta y que nos invite a conocer a su familia y amigos>> –volviste a decir tú.
   Yo muerta de vergüenza contesté a todas las preguntas y desde aquel día te encontraba por todas partes. Siempre me invitabas a un bar y los dos tomábamos un café con leche, yo no podía creer el sueño que estaba viviendo.
   Mi puesta de largo fue un rotundo éxito, por ti y por el precioso vestido que me quedaba como un guante. Seguimos saliendo juntos y un día me invitaste a ir contigo a una joyería, pediste un anillo de compromiso (dijiste que era para una amiga de tu hermana), volvimos a tu tienda y delante de tu familia (incluidas tu madre y tu tía), lo pusiste en mi dedo y allí mismo, te comprometiste a pedir mi mano a mi familia. Así, mi sueño se convirtió en realidad.
   Desde entonces estamos juntos y ya no me impresiona tu familia, son tan estupendos como tú y como serán nuestros hijos. Gracias mi amor, por esta maravillosa y eterna luna de miel. Te espero pronto, estoy deseando abrazarte.

lunes, 6 de febrero de 2017

MÁS HAIKUS AL TREN 6


TRENES

EN TREN CORREO,
VAN CARTAS PERFUMADAS
´LLENAS DE BESOS.

EN TREN EXPRESO,
CON UN LIBRO EN LA MANO
MILES DE VERSOS.

SUAVE VAIVÉN,
EN TUS BRAZOS AMANTES
VIAJANDO EN TREN.

LOCOMOTORA,
DE SU SUEÑO DESPIERTAS
A LAS PALOMAS.

ES MI FORTUNA,
VIAJAR CONTIGO EN TREN
Y CON LA LUNA.

YA SALE EL TREN,
SONÓ LA CAMPANILLA,
TODO ESTÁ BIEN.

SOL Y LUCEROS
TRENES Y FANTASÍAS
PUEBLAN MIS SUEÑOS.

LOCOMOTORA,
CABALLO TREPIDANTE
ALBA SONORA.

CONTANDO CUENTOS,
EN EL TREN CON LOS NIÑOS
GRATOS MOMENTOS.

VUELVO CONTENTO,
DOS TRENES ME LLEVARON
EN SU MOMENTO.

EN TREN EXPRESO,
MIL GENTES VARIOPINTAS
HILAN SUS SUEÑOS.

TRENES Y FLORES
LUCEN EN LA ESTACIÓN
SENDOS COLORES.

LOCOMOTORA,
NO SILBES, QUE DORMITAN,
LAS AMAPOLAS.

CON MI MOCHILA
Y LOS TRENES DE RENFE,
FELICES DÍAS.

LOCOMOTORA,
DESBOCADOS CABALLOS
RASGAN LA AURORA.

TRENES DE DÍA
EXPLOSIÓN DE COLORES
Y FANTASÍA.

TRENES DE NOCHE,
PARA IRSE DE FIESTA
SIN LLEVAR COCHE.

PARA VER MUNDO,
MEJOR VIAJE QUE EN TREN
NO HAY NINGUNO.

DOS BUENOS PAPÁS



   DOS BUENOS PAPÁS, TULA-TAZO Y ABEL-TURA

Mamá Tula y papá Abel eran los pastores del pueblo; eran dos buenas personas pero eran muy pobres. Salían al campo de madrugada con dos rebaños de ovejas que cuidaban. Las ovejas no eran suyas, eran de otros vecinos del pueblo que no tenían muchas ovejas, ni mucho dinero. Juntaban las pocas que tenían cada uno y así reunieron unas cuantas para hacer dos rebaños, que cuidaban los pastores por un jornalito que no les daba para muchos gastos. Vivian en una cabaña a las afueras del pueblo. En invierno hacía mucho frío y no tenían leña para calentarse, bebían algo de leche caliente, recién ordeñada y dormían en el corral al calor del rebaño. Cuando podían cogían por el campo algunas ramas y palos, que juntaban en haces y los llevaban al hombro hasta su pequeña casucha para hacer la comida.
   A sus vecinos les daba un poco de pena verles tan pobres y les regalaron un pequeño cordero para que celebrasen la Navidad. Abel y Tula se alegraron mucho, pero les dio pena del pobre corderillo y ese día decidieron comer unas patatas solas, que también les habían regalado.
   El “corderito” era una corderita: fue creciendo y un día se dieron cuenta que su cordera iba a ser mamá. Tuvo mellizos que todos cuidaban con gran alegría, de ahora en adelante podían tener su propio rebaño, lo llevarían a su cabaña y allí todos tendrían calorcito, cuidados y algo más de leche.
   Un día cuando los pastores volvían a casa con los rebaños, vieron, como una retozona cabrita se había mezclado con sus ovejas, la madre cabra estaba atada cerca de allí y queriendo seguirla se había enredado con la cuerda. El buen Abel se acercó a quitarle el lazo que tenía rodeado en el cuello, al tiempo que el dueño de las cabras venía corriendo en auxilio de su animal.
   Abel había liberado a la cabra y cuando vio al dueño que venía corriendo con su cachava en la mano, temió por su integridad y salió corriendo lo más que pudo, pero el otro pastor había visto la situación y no tenía intención de hacerle nada malo, sino que lo llamó, le dio unas monedas por haberle ayudado a recuperar a sus cabras y le regaló la más pequeña.
   El señor era muy rico, vivía en una gran casa de una gran ciudad, tenía grandes posesiones, criados, tierras, caballos, un gran rebaño de ovejas y varias cabras que le daban mucho trabajo.
   Al día siguiente aquel hombre los llevó a su casa, les dio una buena comida y les invitó a vivir unos días en una casita preciosa que tenía en el monte, desde allí se veían grandes terrenos, más lejos el mar y una hermosa playa.
   Nunca habían visto la playa, ni las tierras tan grandes, ni casas tan bonitas y tan bien arregladas, todo aquello les dejó boquiabiertos y les daba mucha envidia. Mientras, las ovejas que ellos cuidaban las atendía otro pastor que trabajaba para el dueño de aquella casa y de las cabras.
   Tula estaba encantada con aquel encuentro y poco a poco fueron conociendo más cosas y más gente. Se solían juntar con otros pastores del contorno que después de su trabajo se reunían para tocar el rabel, todos sabían muchas cancioncillas, las llamaban “rabeladas” y lo pasaban estupendamente. Cuando le tocó el turno a Abel, como no sabía ninguna, se invento ésta que a los demás les hizo mucha gracia, decía así: Tenías que haber previsto, mostrenca de pelo rojo, que con tus besos me dabas, un gran orzuelo en el ojo.
   Tula no sabía tocar el rabel y la invitaron a cantar; al principio le parecía que estaba fuera de lugar y como tampoco sabía ninguna de aquellas cancioncillas, también se inventó una que todos aplaudieron mucho: Un paseíto a caballo, conmigo quisiste dar, como no tenías caballo, en mí, quisiste montar.
   Al día siguiente repitieron, y tanto Tula como Abel volvieron a inventarse sus “rabeladas” ella decía: Fuimos a coger castañas, al parque de Castañera y me guardé la más hermosa, dentro de la faltriquera.
   Y Abel contestaba: Yo te pedí una castaña, cuando pasamos la vía, y dijiste picarona: no te la doy, porque es mía.
   Ahora se daban cuenta de lo poco que habían visto, lo poco que conocían y lo poco que tenían. Sabían que con lo poquito que ganaban, nunca saldrían de la pobreza, pero no tenían más remedio que volver a su casa.
   Una semana estuvieron en la casa de aquel señor, dueño de (para ellos) “medio mundo”. Habían pasado unos buenos días pero debían volver a su trabajo y a su pequeño pueblo.
   A la vuelta a su casa los dueños de los rebaños que ellos cuidaban, les esperaban y les dieron la bienvenida con una cena en el ayuntamiento. A su vez Abel y Tula les dieron una gran noticia, serían padres en unos meses.
   Todos se alegraron mucho y prometieron ayudarles a cuidar a su niño, arreglarían primero la casucha, llevarían leña, harían una cuna y todos ayudarían en todo lo que necesitaran. Aunque todavía no sabían toda la ayuda que iban a necesitar.
   Tula tuvo mellizos: Tula y Abel. Poco después su pequeña corderita tuvo dos corderitos y al año siguiente los dos niños jugaban con sus pequeños amigos, los corderitos y alguna nueva y retozona cabrita. Su mamá les miraba jugar y su padre les cantaba:
   A mi niño Abel y mi niña Tula, su madre les canta a la luz de la luna.
   A mi niña Tula y mi niño Abel su padre les canta tocando el rabel.
   La “rabelada” es una cuarteta (cuatro versos octosílabos, rimando los pares) en la que se resume, como un fogonazo, un sentimiento, una ocurrencia o una astucia.

viernes, 20 de enero de 2017

EL OSITO PIO



  CUENTO     

EL OSITO PIO Y SU AMIGO
El osito Pío era un osito blanco muy guapo y muy simpático, vivía con su madre en el bosque, cerca del río. Estaba la mayor parte del invierno dormido dentro de su cueva y cuando se despertaba, ya en primavera, le gustaba tomar el sol y comer las hojas tiernitas que salían en los brotes de los árboles. Todos los días iba al río y se bañaba junto a su mamá, tenía la piel blanca inmaculada y su mamá cuidaba de tenerlo siempre muy limpio. Los osos vecinos envidiaban su blancura, pero todos eran sus amigos porque Pío era un osito feliz y muy bueno.
Pero Pío se estaba haciendo mayor y dejó de obedecer a su mamá, ahora no quería bañarse, se revolcaba por el barro, su preciosa piel dejó de ser tan blanca y su mamá lo tenía que reñir. Harto ya de que su mamá se enfadara con él, decidió marcharse de su casa y vivir por su cuenta, se fue de la cueva dando un portazo, sin despedirse de nadie y se decía: <<Ya soy mayor para que me manden siempre lo que debo hacer, desde ahora haré lo que me dé la gana>>. Pío holgazaneaba, comía lo que encontraba más cerca y no se preocupaba de asearse ni de cuidar su blanquísima piel. Un buen día se encontró con un oso mayor y más grande que él y los dos se dedicaron a hacer gamberradas, cogían la miel de las colmenas, les gustaba revolcarse y jugar por el suelo, salían a los caminos, asustaban a la gente y no se molestaban en hacer nada de provecho ni de visitar a sus mamás.           
Cierto día un mendigo que andaba pidiendo por los caminos se asustó tanto, que echó a correr y perdió su sombrero; un sombrero viejo y mugriento, ellos lo cogieron, se lo pasaban de uno a otro jugando con él y poniéndoselo en la cabeza. Varios días después Pío se dio cuenta de que su piel no estaba tan bonita ni tan blanca, además le picaba mucho el cuello y la cabeza y tenía que rascarse. Al día siguiente vio como su amigo se rascaba mucho y le preguntó porque lo hacía, el otro oso le dijo que alguien tenía piojos y se los había contagiado. Fueron corriendo al río a bañarse, pero pocos días después volvían a tener bichitos, porque ellos no sabían que los huevos de los piojos se llaman liendres, se pegan en el pelo y no se quitan solo con agua. Al final el osito Pio regresó donde su mamá, y aunque la mamá de Pío al principio estaba muy enfadada, luego le dio un fuerte abrazo y cariñosamente lo llevó al río, lo lavó muy bien con un buen champú y a los pocos días su piel estaba reluciente y sin una sola mota de polvo. Al compañero y amigo de Pio, los guardias lo metieron en una jaula y lo llevaron a trabajar a un circo. Desde entonces el osito Pío sabe que tiene que asearse, no juntarse con malas compañías, ser formalito, ir a la escuela de los osos y no coger las cosas que se encuentran en el suelo, ni jugar con ellas. 

miércoles, 11 de enero de 2017

LOS PEPES


JOSÉ - BOSO Y JOSEFA - NEGAS
Pepi tiene cuatro años, se pasa los días correteando detrás de sus padres por la casa, y está aburrida porque no le hacen caso y no contestan a sus preguntas. Sus padres se llaman Pepe y Pepa y en su barrio los llaman “los Pepes”. Siempre tienen muchas cosas que hacer y aunque la quieren mucho le dicen que no pueden estar pendientes de ella y contestando a sus preguntas a todas horas.
   –¡Mira que es preguntona esta niña! –decía Pepa.
   –Déjale mujer, que preguntando se aprende –decía Pepe.
   –Eso si la sabes contestar, ¡porque hace cada pregunta! ¿Mamá que son las letras? ¿Mamá, por qué brillan las estrellas? ¿Mamá por qué el cura lleva ese vestido negro? ¡Vaya preguntas¡ Y yo que le digo, ¡vete tú a saber! Habrá que bajar del desván todos aquellos libros que nos dejó en herencia tu tía, a lo mejor ellos sí saben contestar.
   –Mujer, bien está que los niños se interesen por las cosas, si no, no aprenderíamos nunca.
   –Sí, pero hombre, que le pregunte a la maestra cuando vaya a la escuela, ¿tú sabes qué contestar?, ¡pues contéstale tú!                                 
   –Vaya genio que te gastas, la niña solo quiere aprender.
   –¿Y los libros? ¿Para qué queremos todos esos librotes? Solo ocupan sitio, ¡y no sabemos ni lo que ponen!
   –Porque no los hemos mirado; mañana bajaré alguno, seguramente son todos interesantes, ya sabes que el tío era maestro y además muy inteligente, a lo mejor nos da respuesta a todas esas preguntas y la niña puede aprender en alguno de ellos.
   –Pues enséñale tú, yo no tengo tiempo.
   Pepi era una niña muy preguntona, según decía su madre. Y siempre que preguntaba se quedaba sin oír las respuestas. Ahora ya sabía el porqué, su mamá no sabia contestarlas, de ahora en adelante solo le preguntaría a papá.
   –¿Papá como se llama esta letra? ¿Papá que carta es esta? ¿Qué número tiene este as de oros? –decía Pepi.
   –Luego te lo diré, ahora no puedo –contestaba papá–, y la niña seguía con sus preguntas sin respuesta. El desván le producía a Pepi una gran inquietud, había subido con su mamá muchas veces, pero nunca le dejaba tocar nada. ¡Y había tantas cosas!
   Se preguntaba si algún día podría subir ella sola. Todos los libros estaban ordenados en su librería y no se tocaron desde el día de su llegada, más que para limpiarlos el polvo de vez en cuando. Las cajas cerradas eran una de las cosas que más curiosidad le producían, aunque también había otras muchas cosas: un baúl con ropa, una caja con herramientas y otras cajas grandes con cosas que Pepi desconocía.
   Un día que su papá estaba fuera de casa y su mamá en sus quehaceres, pensó que ya era hora de saber lo que contenían todas aquellas cajas y demás paquetes que a ella tanto le atraían.
   Como pudo puso una banqueta a la puerta del desván y dio media vuelta a la llave que estaba en la cerradura, al abrirse la puerta se sintió un poco insegura, pero pronto empezó a fisgar en todo aquel laberinto de cajas, libros, ropas y “papelotes”. De pronto oyó como su mamá le llamaba, ahora sí que le dio miedo a Pepi que su mamá la encontrase, se fue del desván dejando todo en orden y volvió a cerrar la puerta pero se prometió volver a seguir investigando, todo aquello era muy interesante.
   Sobre todo la intrigaba una gran caja, estaba en una estantería un poco alta y no estaba cerrada del todo; sobresalían y se veían lo que parecían unos palos unidos entre si, lo llamaban caballete y Pepi había visto otro igual en la casa de un pintor amigo de su padre.
   A Pepi le parecía gracioso el nombre de “caballete”. Su amigo Damián tenía una yegua y ahora también tenía un potrillo al que llamaban caballito.
   Caballito, caballete, y le preguntaba a su papá por qué se llamaban casi igual aquel potrillo y los palos del pintor, si no se parecían en nada.
   Pepe recordó la caja del desván con sus pinturas, algún dibujo, su caballete y sus pinceles con los que él pintaba cuando su afición y su tiempo se lo permitían. Recordó que era un niño, cuando con su amigo Miguel iba al campo y pintaban el río, el campo, las espigas y hasta cualquier pájaro, incluso alguna hormiga.
   Recuerda el retrato que le hizo a su padre en su último cumpleaños, fue su último dibujo. El día que su padre falleció, metió todas las cosas en una caja y las guardó en un rincón de la casa donde no pudiera verlas. Su amigo Miguel intentaba distraerle y solicitaba su compañía para salir al campo, pero él se negó en redondo y nunca más usó los pinceles ni las pinturas. Recuerda con cariño aquel tiempo que era hermoso, pero no lo añora. La vida lo ha cambiado, ahora vive con su mujer y su hija y tiene que dedicarse a otras cosas más productivas. Sin embargo, hoy recuerda la caja de pinturas y aunque a su mujer no le haga mucha gracia, seguramente a Pepi le encantará revolver en todos aquellos recuerdos y a lo mejor hasta ha heredado su afición junto con sus genes.
   Pepi sigue pensando en el desván, hace mucho tiempo que no ha subido, sabe que a su madre no le gusta que ande trasteando por allí, pero ella está empeñada en saber cuales son los tesoros que se guardan en aquellas cajas, sobre todo en la del caballete. Piensa en ella y sabe que no llega a cogerla, tampoco quiere subirse a una banqueta, puede que la caja pese más de lo que ella pueda permitirse y se caiga con todo el equipo, sería desastroso. Tampoco se lo quiere pedir a sus padres y espera con paciencia a ser un poco más mayor.
   Hoy papá no ha ido a trabajar, no se encuentra bien y tiene un poco de fiebre, mamá ha salido y Pepi anda “danzando” alrededor de su padre. Pepe vuelve a recordar las pinturas y le pregunta a su hija si quiere subir con él al desván, la niña está encantada y corre detrás de su padre escaleras arriba pero no se atreve a decir ni a tocar nada. Ve a su padre que va directamente a la caja de sus sueños, y a punto está de dar un grito de alegría. Cuando su padre deja la caja en el suelo la niña cree estar soñando de nuevo y le da un beso y un abrazo como nunca lo había hecho. Papá baja la caja hasta la habitación de la niña y ésta, no se lo puede creer, allí tiene la caja por la que tanto había suspirado. Cuando venga su mamá le dirá cuanto había deseado tener estas cosas y también que de mayor quiere ser pintora como su amigo Miguel.
   Sabe que su mamá le dirá que todavía es pequeña y tiene mucho que aprender. Solo tiene seis años, hace poco que va a la escuela y ya sabe leer y hacer los números. El dibujo le gusta mucho, su padre le da algunas lecciones y poco a poco va aprendiendo pequeños trucos.
   A Pepi ahora no le hace falta la banqueta ni el permiso de sus padres para subir al desván, ha revisado  todas las cajas, el baúl y los “librotes” de la librería, que en verdad son interesantes y entre ellos hay varios de pintura.
   Ya se ha hecho mayor y ahora es ella la que a veces acompaña a Miguel al campo y se pasan muchas tardes dibujando. Dentro de poco empezará a estudiar en la Universidad, quiere ser profesora de dibujo y tanto sus padres como su amigo Miguel le animan y le ayudan.
   Sabe que tiene que estudiar mucho y la tarea será dura, pero tiene mucho tiempo y como dicen sus padres, ella es muy lista y podrá con todo.

martes, 10 de enero de 2017

LA ABUELA

1912: año que se restauró la iglesia de castrillo

LA ABUELA
 La abuela  decía, que todo lo que estábamos derrochando y abusando del dinero, lo íbamos a pagar con creces y solía decir: <<Ya lo veréis, el tiempo me dará la razón>>. Otras veces añadía: <<Si escucháramos a la gente mayor nos evitaríamos muchos disgustos. “Enseña más la necesidad que la Universidad”>>.
   Ella que era una mujer de un pueblo remoto, que no tenía más estudios que las cuatro reglas (como ella decía), supo más que todos los politiquillos mequetrefes y sabihondos.  
   No había conocido abuelos y decía muchas veces: <<El que no conoce abuelo, no conoce día bueno>>. Tenían que ir a una distancia de 12 o 17 kilómetros para comprar ropa, calzado y otras cosas para la casa, incluso para cortarse el pelo o sacarse una muela, y también para coger el autobús o el tren cuando querían ir más lejos.
   Pero la abuela también nos contaba otras historias. Le encantaban los refranes y en cada conversación siempre cabía alguno, que como ella decía ‘venía al pelo. Se inventaba cuentos y nos cantaba coplas. A veces se emociona, no recuerda muy bien algunas cosas y se queda pensativa, como cuando nos cuenta alguna de sus historias o las de sus vecinos.