viernes, 2 de mayo de 2014

ROBUSTIANO

Robustiano
Relatillos de un pueblo en ruinas

   CASAS  CASTRILLANAS
El señor Robustiano Lero era el hombre más rico del pueblo, tenía dos rebaños de ovejas y media docena de mulas, que necesitaba para arar y sembrar la mitad de las fincas del pueblo, que también eran suyas. También necesitaba a los dos pastores que trabajaban para él, y a los que pagaba “dos reales” como decían sus padres, aunque él decía que le salían “bien caros” porque algunas veces su mujer les daba la merienda y les regalaba algunos tomates, lechugas y pimientos de su huerta.
   También tenía un criado todo el año y un agostero para recoger la cosecha en el verano (aunque él siempre iba a trabajar el primero) y solía decir: <<Casa y hacienda, que tu amo te vea>>.
   Robustiano, además de ser el más rico, era el hombre más bruto del pueblo: era medio tratante y no se perdía una feria, casi siempre iba solo, pero si llevaba la compañía del algún vecino, más pronto que tarde salían discutiendo; él siempre quería llevar “la voz cantante” y decía: <<Yo quiero la razón cuando no la tengo, porque cuando la tengo, no me hace falta>>. Y así, siempre se salía con la suya.
   La mujer de Robustiano se llamaba Dulce Melo Cotón y era más conocida como la Pecas, porque tenía la cara llena de pecas: grandes, pequeñas y medianas. Era una mujer de “armas tomar” (justo lo que el “señorito” Robustiano necesitaba). Llegada de un pueblo cercano vivía aquí desde que se casó, hacía ya unos cuantos años. Robustiano y la Pecas no tenían hijos, tuvieron uno que se llamaba Servandín y se lo llevó Dios a los seis años. Desde entonces la Pecas andaba un poco mustia y tristona pero su marido pronto la hizo espabilar, la llevaba con él a las fincas y le decía: <<Para olvidar las penas lo mejor es el trabajo, y ahora que no tienes que cuidar de nadie, es bueno que vengas conmigo a todas partes>>. Aunque él no cogía una escoba ni siquiera para barrer la era, nunca lavó ni un moquero y jamás ayudaba a su mujer a hacer el pan, la comida o llevar la ropa al río, y decía siempre: <<¡Eso es cosa de mujeres!>>.      
   La madre de Robustiano se llamaba Clara Boya y el padre Servando Lero y a la familia los llamaban “los Bandoleros”.
   Cuando Robustiano era niño, las vecinas de don Servando comentaban que, aquel chiquillo era de la piel del diablo y no tenía “tajada” buena. Su madre decía que le tenían manía, pero no salía de una, cuando ya se metía en otra. Tendría unos diez años cuando un día jugando a la “tala” con los mayores de la escuela, no se cargó a un chiquillo por puro milagro. Uno de los niños mayores estaba sacando punta a la “tala”, con una pequeña navaja, la dejó un momento en el suelo y Robustiano aprovechó el momento para coger la navaja y fue donde otro niño que estaba tumbado sobre un montón de paja, se la puso en el cuello y dijo: <<Así mata mi padre al cochino>>. Justo en aquel momento le vio el dueño de la navaja y corrió a quitársela dándole un fuerte golpe en la cara. El chaval que se vio agredido con la navaja y que era mayor que él, le dio una patada en el pecho tirándole al suelo, además se levantó rápidamente y le pegó al pobre Robustiano una buena tunda. Cuando su padre (que era tan bruto como él) se enteró, le bajó los pantalones, le arreó una buena flagela y no pudo sentarse a gusto en todo un mes.
  (“Tala” se juega entre dos niños o dos bandos). La tala es un palito corto con dos puntas, que con otro palo más largo, lo golpea fuerte uno de los bandos para dejarlo lo más lejos posible, y que el otro bando lo devuelva tirándolo con fuerza con la mano, para meterlo en un círculo, pintado por ellos en el suelo.
   Pero Robustiano no era mala persona, si se le daba la razón se llevaba bien y hacía un favor a cualquiera, solo le tenía un poco de “tirria” al médico, porque decía, que cobraba mucho por las recetas.
   A los maestros, tampoco no los tenía mucha simpatía: cuentan que una vez llegó un inspector a la escuela y no se le ocurrió otra cosa mejor, que preguntarle al bueno de Robustiano, que era uno de los mayores: <<¿Qué te gustaría ser de mayor?>>. El chiquillo contestó: <<Médico>>. <<Me parece muy bien, ¿tú sabes, con que otro nombre se conoce al talón?>> –preguntó otra vez el inspector. Y el niño después de pensar un poco contestó: <<Pues señor maestro, p’a eso no hace falta ser muy listo, mi padre también lo llama cheque>>.
   Y se comentaba que una vez le decía a su abuelo: <<¡Abuelo, dicen mis amigos que a usted le llaman el interesado!>>. Y eso, ¿por qué? –preguntaba el abuelo. <<Si me da una peseta se lo digo>> –contestaba el “nietecito”. Como se ve, el chico ya apuntaba “maneras”.            
   También solían decir, que cierto día en el recreo los niños jugaban al escondite; cuando le tocaba esconderse a Robustiano, llamó el maestro para entrar a clase y el chaval les dijo a sus amigos: <<Después de la “escuela” seguimos jugando al “esconderite”, hoy no os vais a reír de mí, os apuesto una peseta a que no me encontráis>>. Los niños se negaron y añadió: <<Sois unos gallinas, no queréis jugar porque sabéis que vais a perder>>. Uno de sus amigos aceptó la apuesta de Robustiano y le dijo: <<Vale, pero no vale marcharse lejos porque hay que ir a comer; y si pierdes quiero ver tu peseta en mi bolsillo, no hagas lo de siempre, ya lo sabes>>. <<Tú cuenta hasta cien y no te preocupes>> –dijo Robustiano. 
   A la salida de la escuela se juntaron todos los amigos apostando a que perdería Robustiano y se fueron a sus casas. El amigo que aceptó la apuesta empezó a contar y Robustiano salió corriendo a esconderse. Después de una hora de buscar al escondido, el amigo ya cansado, se marchó a su casa.
   Mientras, los padres de Robustiano le esperaban para comer; viendo que tardaba mucho y no era normal, su madre se asomó a la ventana para llamarle, pero no se le veía por ningún sitio y era muy extraño que no apareciera a la hora de la comida (era la única hora que no se retrasaba), hoy tenían gallina para comer (que le gustaba mucho) y él lo sabía, por eso era doblemente raro. El padre decía: <<Vamos a dejarle sin comer, que espabile>>, pero su madre ya preocupada, salió a la calle a buscarlo. En el camino se encontró con el maestro y varios chiquillos que ya volvían a la clase de la tarde, les contó lo ocurrido y todos se pusieron en marcha. Lo buscaron por todo el pueblo dando grandes voces y como Robustiano no era sordo pensaron que algo malo tenía que haberle pasado. Lo buscaron hasta en el río (por una peseta era capaz de cualquier cosa), revolvieron Roma con Santiago y no aparecía. Al final, su madre toda llorosa fue a casa y subió al alto a por el farol del carro, para seguir buscando por la noche.  
   De repente vio en el suelo ropa vieja y libros que tenía dentro de un arcón, era algo extraño y se le ocurrió acercarse y abrirlo, allí estaba su hijo dormido y haciendo compañía a las polillas, se le había cerrado el arcón por fuera y había gritado tanto que ya no tenía fuerzas para nada. Después del susto, su madre fue a avisar a todo el pueblo de la aparición de su hijo, todos se alegraron pero cuando su padre  llegó a casa, lo primero que hizo fue darle un buen “cintazo” y mandarlo a la cama sin cenar.
   Al día siguiente cuando Robustiano fue a la escuela, le faltó tiempo para pedirle la peseta a su amigo ya que no había sido él quien lo encontró. El amigo le dijo, que nunca más jugaría ni apostaría con él, que era un tramposo porque no valía esconderse en las casas, se negó a darle la peseta y Robustiano fue a casa hecho una “fiera”.
   Su padre le echó a la calle sin contemplaciones y sin comer si no quería llevarse una buena somanta. A los pocos días le hizo madrugar, lo llevó con él a la feria de otro pueblo, compró cincuenta ovejas le regalaron un perro y le dijo a su hijo: <<Para que te entretengas y no hagas fechorías, prepárate si las ovejas se meten en un berzal o en alguna finca sembrada de trigo o cebada, y no se te ocurra volver a casa si se te pierde alguna hasta que la encuentres, así que ya puedes aprender a contar>>. Y todos los días le decía a su mujer: <<Mándale a la loma con un cacho de pan y un cacho pequeño de chorizo en el zurrón, que empiece a saber lo que es bueno y si tiene sed que beba agua de los charcos p’a que espabile>>.
   Pero cuando peor lo pasó Robustiano fue cuando hizo el servicio militar: él pensaba que no pintaba allí absolutamente nada. Además, ¿para qué servía hacer tanta instrucción ni tanta gaita?, el sargento solo le daba órdenes y si hacía alguna cosa que no les gustaba le cortaban el pelo, o lo mandaban al calabozo, o lo ponían delante de un montón de patatas en la cocina hasta que las pelara. No le gustaba comer el rancho, escribía a su casa, siempre pedía dinero y su padre decía: <<No le doy dinero, que se lo va a gastar a lo tonto>>, y su madre le mandaba un paquetito con tocino y chorizo, pero como era más “agarra’o” que un chotis no lo compartía con nadie. Un día le desapareció el paquete y aunque se quejó a sus superiores, nadie le hizo caso. A los pocos días de este suceso, aburrido y enfadado porque nunca le mandaban dinero, escribió una carta a su padre y solo ponía en ella: DINERO, DINERO, DINERO. Y su padre pocos días después le contestó diciendo: NO QUIERO, NO QUIERO, NO QUIERO.
   Como no tenía “perras” se buscó un trabajo, y por cierto lo encontró enseguida, pero no dijo nada a sus padres para no perder el regalito, que le mandaba su madre de vez en cuando. Y como todo se sabe, alguien les dijo a sus padres, que su hijo había entrado a trabajar de jardinero en la casa del director de un banco, y la madre que no había entendido bien, decía a las vecinas toda orgullosa: <<¡Para que digáis que mi hijo es malo, mira si será bueno, que trabaja en un banco para dejar dinero!>>.  
   Si el médico y los maestros no eran santos de su devoción, al cura no podía verlo ni en pintura. Antes no se llevaba muy bien con él, pero una vez le pidió por favor que lo llevase en su coche a un pueblo cercano, ya que no le costaba nada porque le pillaba de camino, el sacerdote le dijo que cuando lo viera en la misa ya se lo pensaría para la próxima vez y se quedó “tan ancho”.
   Para una vez que había sido educado y pedía algo por favor… y el pobre Robustiano salió zumbando hacia aquel pueblo, echando pestes contra el cura.
   Pero si el cura quería convencerlo para que fuera a la iglesia, no era esa la mejor manera y cuando Robustiano lo veía, era muy capaz de dar un rodeo (aunque tuviera prisa) para no encontrarse con él.
    El día de viernes Santo, cuando el cura llegó a la iglesia para rezar el Vía-Crucis, se encontró un papel pegado en la puerta que decía: “Cerrado por defunción del hijo del Jefe”. A todos los hizo mucha gracia menos al cura, y Robustiano se cargó con la culpa; aunque juraba y perjuraba que él no lo había puesto.
   Tampoco tenía muy buen concepto de los abogados: siempre le oía decir a su padre que algunos no eran muy honrados, que tuviera mucho cuidado de no caer en sus manos, y a veces solía añadir: <<Un hombre entre dos abogados es como un pescado entre dos gatos>>. Y cuentan las malas lenguas, que en una ocasión fue a la capital para acompañar al funeral de un amigo (habían estado juntos haciendo “la mili”).      
   Al pasar cerca de la fosa donde iban a enterrar a su antiguo compañero, él se quedó boquiabierto leyendo una lápida que rezaba así: <<Aquí yace un abogado, un hombre honrado, una persona íntegra>>. Robustiano se santiguó y le dijo asustado a otro amigo que lo acompañaba: <<¡Dios mío, fíjate, aquí han enterrado a tres hombres a la vez, en la misma fosa!
   Tenía algunos manzanos en una pequeña finca junto al río, pocos años recogía nada, pues si las manzanas no se helaban, los chiquillos se encargaban de ellas aún cuando estuvieran verdes y eso le sacaba de quicio. Aunque, algunos vecinos le recordaban, que una vez cuando era niño, se rompió una pierna al tirarse de un nogal en el huerto del cura, porque llegaba su dueño con un perro; él se sulfuraba, decía que solo había sido aquella vez y que le salió muy caro, ya que su padre le dio una paliza, porque además del médico y las boticas tuvo que pagar una buena multa y añadía enfurecido: <<¡ya veremos cuando coja a alguno de esos ladrones, me las va a pagar todas juntas!>>.
   Robustiano y su mujer la Pecas, se iban haciendo mayores: él tenía que ir a menudo a los médicos y con la burra resultaba pesado recorrer ahora unos pocos kilómetros. Ya les costaba hasta ir a ver los trigos, vendieron poco a poco las ovejas y pensaron vender las fincas y comprar un piso en la ciudad.
    Pocos meses después, despidieron a sus criados y vendieron las mulas y las fincas. Después de pensarlo mucho y ya que no tenían hijos, se decidieron por hacer testamento y dejarse el uno al otro lo que poseían. Así, un día que tenían tiempo y ganas, fueron con su burra a la ciudad. Hacía mucho calor, entraron en el primer bar que vieron y se tomaron un vasito de vino con un trozo de pan, chorizo y queso que ellos llevaban. Buscaron un notario y llevaron a cabo su decisión, hicieron algunas compras y se fueron camino de su pueblo. Después de haber andado un buen trecho, el cielo empezó a nublarse y unos nubarrones negros y espesos hacían presagiar una buena tormenta. Ya se veían relámpagos y se oían truenos a lo lejos, azuzaron a su burra intentando llegar a casa antes de que empezase a llover y cuando estaban a un kilómetro de su casa, un relámpago cercano rasgó el cielo, a los pocos segundos un fuerte trueno y varios granizos sueltos, hizo que la Pecas que iba montada sobre su burra, al ver aquel panorama, empezase a decir en voz alta algo que se decía por su pueblo: Relampampliega Dios de los cielos, para ver coger las uvas, pero no hagas turruntuntún que se me espante la burra, arreó a la burra y como una posesa se puso a rezar a Santa Bárbara: Santa Bárbara bendita que en el Cielo estás escrita, con papel y agua… Robustiano iba detrás y al oír a su mujer, cogió un pedrusco del suelo, soltó un gran taco y le dijo: <<¡Como no te calles esa bocaza, te arreo un cantazo en toda la cabeza!>>. En aquél momento un relámpago seguido de un tremendo trueno resonó por valles y lomas con un gran eco. El trueno y los granizos como garbanzos, hicieron que la burra diera un salto y la pobre Pecas dio con sus posaderas en el santo suelo. La burra al verse libre salió corriendo y Robustiano sin ayudar a su mujer a levantarse, corrió detrás de la burra. Al darle alcance le atizó tal puñetazo en la cabeza, que el pobre animal cayó al suelo “patas arriba”. La tormenta y el granizo arreciaba y ahora las piedras eran como huevos de codorniz. Ellos en medio del camino trataban de refugiarse en algún sitio, al poco vieron un peñasco y como pudieron llegaron a él, dejando allí a la burra tirada en el suelo sin saber si estaba viva o muerta. Después de un rato, vieron desde su escondite como la burra se levantaba y se marchaba, dejando sobre el camino las alforjas con las compras desparramadas por el suelo. Había dejado de granizar y aunque seguía lloviendo, salieron corriendo de su refugio para recoger todas las cosas que llevaba la burra y que ahora les tocaría cargar con ellas.
   Finalmente dejó de llover y calados de pies a cabeza, con la ropa y las alpargatas llenas de barro, cargados con las alforjas al hombro llegaron a su casa. Allí, a la puerta de su casa les esperaba la burra y Robustiano al llegar a ella, volvió a soltar un taco, le dio una patada en el trasero a su mujer como si fuera la culpable de todo y dijo: <<Este año la puñetera “pedruscada” ha quitado la mitad de la cosecha, menos mal que ya no tenemos las fincas>>, eso le tranquilizó un poco, ató la burra al pesebre y en vez de darle paja y cebada la dejó “a dieta”.
   Había sido un mal día, pero ya estaban en casa y al final todo estaba bien, subieron a la habitación se quitaron la ropa empapada y después de cenar se fueron a la cama.
   El mes siguiente fueron a ver un piso en la ciudad cercana, lo habían visto el día de la tormenta anunciado en el balcón de un tercer piso, llamaron al timbre y salió a abrir una señora que resultó ser de su pueblo, se llamaba Benilde Gorra, familia de los Gorras y pariente de los Bandoleros.
   El piso les gustó y con un abrazo se despidieron hasta el día siguiente para ir a ver al notario. Pero el señor Robustiano ya no pudo volver para comprar el piso. En el viaje de vuelta tuvo un ataque al corazón, se cayó de la burra y lo llevaron muerto a su casa (esta vez no pudo echarle la bronca al médico).   A las pocas semanas, Benilde Gorra, su marido Baltasar Dina y la Pecas, hicieron los papeles y las escrituras del piso a nombre de Dulce Melo Cotón. Vendió la casa y todas las cosas del pueblo, pagó el piso a “tocateja” y se instaló triste y llorosa pero contenta, porque en la ciudad podía vivir mucho más cómoda y no tenía que ordeñar las ovejas, ni hacer el pan, ni ir a buscar las patatas a la huerta, ahora todo estaba en el mercado. El agua lo tenía en la cocina y en el baño, y si necesitaba ir al médico o la farmacia, estaban cerca de su casa. Aunque se acuerda de Robustiano y del pueblo,
reconoce que ha trabajado mucho y que ya se merece un buen descanso. Que descanse en paz.

viernes, 25 de abril de 2014

IR DE COMPRAS

DE COMPRAS
 Hay quien dice que para las mujeres esa palabra es tan mágica que nos cambia la cara. No todas las mujeres hemos tenido tanta suerte y las compras que hacíamos eran las propias de la casa: comida y cosas para los hijos, nosotras siempre fuimos las últimas y a veces, ni eso.
Antes las mujeres cuando nos casábamos, dejábamos el trabajo y muchas de nosotras éramos dependientes del sueldo de nuestros maridos, cuidando de nuestros hijos, nuestra casa y ahorrando todo lo que podíamos de nuestro reducido sueldo.
Algunos hombres con menos cabeza y ningún escrúpulo tenían más suerte, ellos después de su jornada de ocho horas se juntaban, en una costumbre (que algunos llamaban social), para recorrer unos cuantos bares, despreciando casa y familia, haciendo gala de su disfrute y al final de la tarde ya de noche llegar a casa con varios vinos de más. Nada que decir de la cartera, porque se veían cuadrillas que como los borregos iban de un bar a otro en todas las direcciones y después en la casa la mujer y los hijos habían de pagar culpas que no tenían. No digo nada de los sábados y domingos, esas mismas personas salían por la mañana a tomar sus blanquitos (unos cuantos), llegaban a casa para comer deprisa, marchar corriendo a jugar su partida, tomando su café, copa y puro, salir de allí a las tantas de la tarde y seguir con la cuadrilla hasta las diez de la noche como poco. Pero no sale nada barato; por eso los chavales que no disponen de dinero, los fines de semana, recorren los supermercados en busca de botellas de licor con un alto contenido de alcohol. Son muchos los chiquillos que no llegan a su mayoría de edad para comprarlo y piden a cualquiera que encuentren en el “super” para que les haga el favor. Otras veces se les ve con garrafas de agua que vacían a la puerta de la tienda para hacer sus mezclas.
En todas partes se celebran las fiestas y el descanso semanal, pero en este país nuestro, el disfrute suele ser ir a los bares. Eso está muy bien si se va de vez en cuando en familia y hay una buena medida.
Pobres chavales, ¿es que nadie puede hacer nada por evitarlo? Y los padres ni nos enteramos. Pero si lo vieron desde siempre ¡que culpa tienen ellos! Alcohólicos ha habido siempre, por desgracia.  Por eso “de aquellos polvos vienen estos lodos”.

miércoles, 23 de abril de 2014

LOS CARNAVALES

DE GITANA ME VESTÍ
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El último martes de Carnaval toda la gente de mi cuadrilla decidimos disfrazarnos. Otros años también lo solíamos hacer, pero este año queríamos que fuera algo distinto. En la ‘cuadri’ somos ocho chicas y ocho chicos, algunos pareja. Quedamos en el salón de baile; que los chicos fueran por un lado y las chicas por otro, que los disfraces los eligiera cada uno a su aire en secreto y cada cual con su careta o antifaz para que nadie supiera de qué íbamos vestidos y no nos reconociéramos. Y además, después iríamos a las nueve de la noche a un bar cercano, ya sin nuestras caretas para volver todos juntos a casa.
   Las amigas nos juntamos en una calle distinta de las nuestras para que nuestros amigos no nos espiaran, y cuando ya estábamos todas, nos dirigimos a la sala de baile. Allí había mucha gente y todos disfrazados. Se veían chicos con faldas y con su pelambrera en las piernas, otros vestidos de frailes, monjas, indios, vaqueros y piratas con su parche en el ojo, en fin un poco de cada cosa. Nosotras, habíamos coincidido dos, vestidas de gitanas, con nuestra careta y aderezadas con collares y pulseras no nos reconocían ni nuestras madres, las demás, cada una llevaba su traje distinto y también estaban irreconocibles. Buscamos un poco por el salón por ver si aparecían nuestros amigos y en vista de que nadie nos reconoció ni reconocimos a ninguno de ellos, seguimos a nuestra bola; eso sí, todas juntas. Con el bailoteo y el jaleo montado, las dos que íbamos vestidas de gitanas nos despistamos de nuestras compañeras yendo a parar cerca de los servicios, momento que aprovechamos para entrar en el de las chicas. Muy cerca estaba el de los chicos y cuando nosotras entrábamos salían dos chavales vestidos de chica, uno de ellos llevaba su careta en la mano y comentaba que le estaba molestando: <<Espero que no nos vean éstas>> –decían, y mira por donde era el novio de mi compañera. Las dos nos quedamos de piedra y a punto estuvimos de descubrirnos, menos mal que reaccionamos a tiempo y cuando entramos al baño nos echamos a reír como dos locas. En aquel momento me puse a cantar una canción que me vino de repente a la memoria y que me sabía desde pequeña. Dice así la canción:
Un martes de carnaval de gitana me vestí y en un gran salón de baile a mi novio perseguí, y sigue la canción diciendo el chico: Gitana buena gitana dígame usted la verdad, diga en la buenaventura las faltas que tengo yo. Y ahora le dice la gitana: Tú eres un chico muy guapo y tienes buen corazón, pero tienes una falta que eres falso en el amor, tienes dos entretenidas, entretenidas de amor, la una es alta y morena, la otra rubia como el sol. Si te casas con la rubia has de ser un desgraciado, cásate con la morena y serás afortunado y ahora contesta el chico: Yo me caso con la rubia aunque sea un desgraciado y dejaré a la morena aunque sea afortunado. Y acaba la canción diciendo la chica: Adiós chico que me voy, que mis amigas me esperan, si quieres saber quien soy, soy tu novia la morena. A mi compañera le hizo gracia y se la ocurrió perseguir a su chico como decía la canción, fuimos a buscar a las demás amigas y como no aparecían y nuestra víctima estaba cerca, pusimos nuestro plan en acción. Mi amiga decía que su chico iba a reconocer su voz, por lo que me tocó a mí hacer de gitana y soltarle lo de la buenaventura, al principio el chico se negó pero ante mi insistencia accedió un poco a regañadientes, aquello era un juego y no iba a pasar nada. Cuando yo dije aquello de cásate con la morena y serás afortunado” cual sería nuestra gran sorpresa cuando nuestro amigo dijo muy enfadado: <<¡Vamos a ver, gitana de mal agüero!, o te largas de aquí o te doy un puntapié, yo tengo las novias que me da la gana. Y puedes decir lo que quieras, porque yo me casaré con la rubia.
   No quiero decir que mi amiga era la morena. Lo que iniciamos como un juego, nos declaró una verdad como un templo que ninguno sabíamos, y a partir de ese momento la tarde fue de mal en peor. Buscamos a nuestras amigas que no aparecieron hasta que llegamos al bar en el que habíamos quedado, allí el chico nos reconoció y se desató una gran tormenta entre la pareja. Fuimos a casa cabizbajos pensando que algunas cosas no deben hacerse ni de broma. Y todas estuvimos una temporada casi sin hablarnos con los chicos, a pesar de que el culpable desapareció sin dejar rastro.

martes, 22 de abril de 2014

BELORADO






BELORADO
EN TORNO A SU PLAZA
Plaza Mayor de Belorado
BELORADO "Belfuratus" llama a esta población, situada a orillas del río Tirón, el Codex Calixtinus"- De origen romano, en el siglo IX forma parte de la linea de fortalezas fronterizas del condado castellano. En el siglo XII, Alfonso I de Aragón le concede fueros, siendo importante plaza medieval. A la entrada se alza la ermita de nuestra Señora de Belén, de claras resonancias jacobeas, en el mismo lugar donde estuvo un antiguo hospital de peregrinos, el llamado de los "Caballeros". Con el mismo fin caritativo se levantó el hospital de San Lázaro y de la Misericordia, situado a la salida de la población. En el centro, muy cerca de su plaza mayor, existió el convento de San Francisco, fundado en 1250 y reedificado en el siglo XVI, donde la tradición recuerda la estancia de San Bernardino de Siena en su peregrinación a Compostela. Su iglesia de Santa María es una buena construcción renacentista del siglo XVI, y en ella se encuentra un altar dedicado a Santiago. Sobre la villa, en lo alto, quedan las ruinas de castillo -antaño límite con Navarra-, y excavadas en la roca caliza las cuevas donde la tradición sitúa el retiro de San Caprasio. DEL LIBRO -VISITA BURGOS Y SU PROVINCIA- DE JUAN RUIZ CARCEDO-

MIS RELATILLOS

 ME GUSTA ESCRIBIR
 Hola: Me alegro mucho que las cosillas o relatillos que se me ocurren, sean leídos y alguien los valore positivamente. Desde que era pequeñita fue mi afición favorita, pero entonces no teníamos ni papel. Yo a veces escribía en cualquier sitio. Desde que se me ocurrió poner la primera "poesía" en la página de mis pueblos, y que no pensaba que alguien lo iba a ver, y mucho menos que todo esto tuviera repercusión. Yo escribía mis relatillos para distraerme y para mí, sin ninguna intención de que lo viera nadie, pienso que no tienen ninguna importancia. Pero con estas nuevas tecnologias se llega tan lejos que yo no me lo hubiera podido imaginar. Sigo escribiendo porque me encanta y pienso, que aunque no tenga ninguna importancia lo que escribo (no tengo la suficiente educación académica para pasar de esto) me lo paso estupendamente poniendo medias verdades y medias mentiras. Los escritos no son cosas que hayan pasado en mi pueblo, porque era muy pequeño, tienen mucho de fantasía y recordando cosas de un sitio o de otro (aunque también pasaron cosas, que yo no me atrevería a reflejarlas en ningún sitio). Creo que los buenos escritores escriben muchas cosas que nunca ocurrieron y que son obra de sus privilegiadas cabezas. Cuando escribí el librito de las historias de María puse mis cuatro "poesías" y lo rellené con lo poco que sabía de mi pueblo y algunas de mis experiencias; eso sí era todo verdad. Mi hijo pequeño me retó a que me inventara cosas y ahora lo que hago, la mayoría es de mi imaginación (porque ya todo está inventado). El escritor Ramiro Pinilla decía que toda su obra era imaginada y que también se podían copiar estilos y (digo yo), quizá alguna otra cosilla. Yo seguía escribiendo en cuadernillos y a mis hijos no les parecía mal, hasta que al mayor se le ocurrió hacerme el blog en blogia, luego el pequeño me lo pasó al que está ahora y lo mejoró. La verdad que yo no sé mucho de estas cosas pero algo voy aprendiendo, además ellos me ayudan. Dicen que los niños tienen que tener libros desde muy pequeños, nosotros en aquel pueblo bien pocos tuvimos. Pero yo me aficioné en la escuela y viendo a mi padre que también le gustaba escribir. LA SEMILLA CAYÓ EN BUEN TERRENO Y VA CRECIENDO. Hasta otro día y muchas gracias.

lunes, 21 de abril de 2014

ABRIMOS UNA BOTELLA DE CAVA

 UN ESTUPENDO DÍA


 Son las fiestas del pueblo y la familia reunida en el comedor del restaurante comenta las últimas vacaciones. Hace un día extraordinario y todo promete un buen final. Han querido reunirse en el bar de un familiar para estar todos juntos ya que en casa es un poco difícil. Hoy en el comedor solo estarán ellos y con el permiso del dueño del bar, han traído hasta la perrita. Las botellas de cava están fresquitas y el camarero pregunta si desean que él las descorche. Le dicen que no se preocupe, ellos las abrirán cuando llegue el momento. El camarero sirve la comida y todos disfrutan de la reunión. Las copas de cava sobre la mesa esperan a recibir el líquido espumoso y dorado, cada uno recoge la suya para brindar por la salud de todos. Cuando uno de los chicos se dispone a abrir la primera de las botellas, una de las chicas se levanta elevando un poco la voz para que todos la oigan bien. <<¡Chicos tengo que daros una buenísima noticia! Con la botella en la mano, el chico se queda parado y un poco perplejo como todos los demás. La chica mira a su pareja, los dos sonríen y la chica prosigue: bueno, creemos que ya es hora de que todos lo sepáis; vais a ser abuelos y tíos dentro de seis meses, hemos esperado a saber que todo está bien para celebrarlo con toda la familia>>. Con gran alegría todos les felicitan y al final el chico decide abrir la botella. Después del tiempo transcurrido el cava está un poco movido y al intentar abrirla (“hale hop”), el tapón sale disparado junto con un chorro de líquido que remoja a los asistentes más cercanos, el tapón pega en el techo, rebota en la calva del abuelo y va a parar sobre la perrita, que con un gruñido se refugia debajo de la mesa entre las piernas de su dueño. Todos se ríen, la comida ha sido un completo éxito y todo ha salido muy bien. Un estupendo día para recordarlo siempre.

LEOVIGILDO Y LA CAROLA

  TRANSFORMADOR

 Leovigildo y la Carola eran un matrimonio muy simpático: el chico vino de otro pueblo hacía muchos años, era casi un niño y allí se quedó a vivir trabajando en el campo para la gente del pueblo. A los pocos años sus padres fallecieron y vino a vivir con él una hermana suya: se llamaba Basilisa, tenía 27 años, era bizca, coja, jorobada y un poquito retrasada. La chica le ayudaba en las labores de la casa pero su hermano tenía que estar muy pendiente de ella para todo. La Carola que ya era novia del chico les ayudaba; un día decidieron casarse y se quedaron a vivir los tres en una casa que les dejaron los padres de ella. Los recién casados vivían muy a gusto pero la hermanita era una carga más y debía ganarse la vida de alguna manera. Los padres de Carola pensaron en comprar algunas ovejas más y la chica podía ir con su pastor a cuidarlas, la darían una paguita y todos se arreglarían. No contaban con que Basilisa y el pastor se acostaban en el saco de la paja, en la era, y en el campo, dejando a las ovejas solas en cualquier lugar. Pronto se dieron cuenta del error que habían cometido, el pastor desapareció, la Basilisa se quedó con una barriga de siete meses y era un gran problema para todos. No obstante Basilisa tuvo una niña y Leovigildo y Carola decidieron criarla ellos, ya que no tenían niños todavía. A la niña le pusieron de nombre Leovigilda en honor al padre y el hermano de su madre pero la niña fue creciendo lo mismo que los problemas. Cuando la niña tuvo siete años “sus padres” quisieron que la niña hiciera la primera comunión con los demás niños, pero el cura se negó porque la chiquilla era hija de soltera. Leovigildo se enfadó mucho con el cura, dejó de hablarle y prohibió a todos los de su casa ir a la iglesia para nada, ni siquiera a los entierros (decía), no sabía que el suyo iba a ser el primero. Un día de invierno el pobre Leovigildo se puso malo y el médico le dijo a su familia que “no había nada que hacer”, a los pocos días el hombre falleció y fue enterrado fuera del cementerio, sin misa, responso ni acompañamiento. Las chicas se quedaron solas y Carola con ayuda de sus padres llevaba las riendas de la casa. Pero la mala racha no había hecho más que empezar: los padres de Carola se pusieron enfermos y casi a la vez dejaron de existir. La pobre Carola lo pasó mal y por su chiquilla hacía cualquier cosa; un día lavando la ropa, le dio un mareo, se cayó al río y cuando la encontraron la sacaron ya muerta. Ella si tuvo entierro y acompañamiento, pero Basilisa y Leo (como llamaban a la chica), se quedaron más solas que la una. El cura se ofreció a ayudarlas y pronto los rumores, murmuraciones, cuchicheos, comentarios e insinuaciones, se convirtieron en calumnias y Basilisa intentando defenderse tuvo un encontronazo con una mala “cotilla”, se insultaron e incluso tuvieron una pelea, la pobre Basilisa se llevó la peor parte y fue a casa con la camisa echa jirones. Los mozos (tan simpáticos y cachazudos ellos), con mucha sorna le sacaron esta canción: A la pobre Basilisa / le han roto la camisa / debajo se la ven / dos campanas llamando a misa. La chiquilla desconsolada no sabía controlar la situación y pasaba el tiempo lo mejor posible. Había cumplido los catorce años y por la edad no iba a la escuela, pero seguía teniendo mucha confianza con su maestra que le aconsejaba y ayudaba en lo que podía: pero la maestra no duró mucho en el pueblo y el siguiente curso llegó una nueva. La pobre Leo andaba un poco desorientada y la mala gente envidiosa y rastrera en vez de ayudar, criticaba todo lo que madre e hija hacían, pero de alguna manera había que comer y no eran pocos los que se aprovechaban. Un día los del pueblo hicieron una comida para todo el municipio y las dos chicas se presentaron con sus mejores ropas y su mejor intención, pero algún desalmado ya les tenía preparada una trampa y con su mejor cara las invitó a comer a su lado. Entre los aperitivos había “gildas”, un chico le ofreció a Leo la más bonita y picante como un demonio. La chiquilla que no estaba acostumbrada, al primer bocado empezó a toser y corriendo salió a la calle a escupir, a la vez aprovechó para beber agua de la fuente cercana y se fue a un rincón a orinar, el sinvergüenza que le había ofrecido la guindilla con otro compañero la siguieron, y vieron como la pobre Leo no paraba de rascarse en sus partes más íntimas. Los canallas volvieron riéndose a la fiesta y contaron a todos, lo que habían visto. Al domingo siguiente rondaban a la niña con este cantar:
La pobre Leovigilda / se ha comido una gilda / le pica el chiribí / y le dicen las vecinas /.  Leo, Leo lávate / con agüita de cebolla /
y búscate un novio rico / que tenga una buena p…. /.
Ahora si que la pobre Leo no sabía que hacer, se refugió en su casa y solo salía de ella para ir a por agua y a comprar alguna cosilla cuando su madre no estaba en casa. Una de sus amigas de la escuela le tenía cariño y lástima, porque ella no era culpable de nada, y consiguió con la ayuda de sus padres, la maestra y el alcalde a la cabeza, que llevaran a madre e hija a la ciudad. A la madre la ingresaron en un centro especializado y a la chica en un colegio. A los pocos años Leo volvía para agradecer a su amiga y a todos los que le habían ayudado a salir de aquel pueblo que tan mal les había tratado.